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A veces me gusta imaginar que mi vida es una serie de televisión que se separa por temporadas, con personajes constantes, otros cuantos temporales y otros que hacen una aparición y luego desaparecen para siempre. Incluso me gusta pensar en el soundtrack de cada temporada. La parte difícil es cuando dicho soundtrack se pone lento y acústico indicando que el final de una temporada se acerca. Muchas personas tenemos tendencia a temerle al cambio, especialmente cuando estamos en general cómodos con nuestra vida tal y como está.

La mayoría de las personas evita los cambios cuando cree que se encuentra en una situación estable, pero como dice la frase “el que no arriesga, no gana”. Quizá es funcional para algunas personas cuyas prioridades incluyen la estabilidad y tranquilidad de una vida convencional, que podría sonar atractivo desde cierta perspectiva, pero es cuando me grita Willie Nelson a la carretera y me hace sentir cosquillas en el estómago y ganas de ver todo el mundo que sé que prefiero pagar el precio del cambio, que quedarme sentada a suplicar por que no pase nada.

Prefiero simplemente nunca decir adiós en caso de que sea un hasta luego. Y no decir hasta luego, en caso de que sea un adiós.

Lo cierto es que olvidamos que el cambio a veces -de hecho la mayoría de las veces- es bueno. Como humanos, tenemos la capacidad de aprender para mejorar y mejorar para crecer. Y las posibilidades son infinitas para todo lo que podemos lograr una vez que lo aceptamos.

Aun así, cambios implican finales y los finales despedidas. Soy mala con las despedidas. Soy de esas personas que de repente dejan de contestarte los mensajes sin dar ninguna explicación. Es irresponsable, pero no a propósito, la verdad es que, como a Doctor Who, no me gustan los finales. Pero como no tengo una máquina que viaja en el tiempo y el espacio para escapar, prefiero simplemente nunca decir adiós en caso de que sea un hasta luego. Y no decir hasta luego, en caso de que sea un adiós.

Por eso los finales de temporada son épicos y cambiantes, aunque tristes y a veces fríos, pero totalmente emocionantes y aterradores. En algún punto debemos aprender a aceptarlos y a entender que ya sea un cambio pequeño o uno que defina hacia dónde se dirige nuestra serie entera, está en nosotros recordar que cada final implica un comienzo. Y no hay nada más vital que un nuevo primer capítulo.
Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hace unos días me informaron que una compañera de la secundaria perdió la vida. No la conocía mucho y no la había vuelto a ver desde los 14 años, por lo que mi primera reacción se le acercaba mucho a la indiferencia. Continúe haciendo mis cosas, hasta que de pronto me di cuenta de que llevaba más de dos minutos conteniendo el aliento. Me levanté de mi silla y corrí al baño a vomitar. Ya no estaba tan cerca de la indiferencia como yo pensaba.
Cuando nos podemos relacionar fácilmente hacia una situación, nuestro subconsciente nos dice a gritos “pusiste haber sido tú”. Lo mismo sucede de manera inversa. Cuando alguien cercano tiene éxito, por ejemplo, nuestros instintos primitivos se manifiestan hasta cierto nivel y sentimos envidia porque “pudimos haber sido nosotros”.

Por ello las películas y los libros que más nos gustan son aquellos con los que nos sentimos identificados o bien, quisiéramos sentirnos identificados. 
Lo cierto es que somos más vulnerables estando vivos, pero no nos detenernos a reflexionar en ello.

Una mala noticia afecta de diversas maneras. Creo que mi reacción se debió más bien al hecho de que alguien de mi edad perdiera la vida, haciéndome cuestionarme sí mi generación está comenzando a extinguiese y si se me está terminando el tiempo para cumplir mis metas de vida. Qué egoístas podemos llegar a ser los seres humanos.

Traté de recordar a mi compañera de secundaria. No la recuerdo mucho, excepto porque era bastante popular y me hizo sentir mal a propósito en más de una ocasión. Más sentimientos encontrados me hicieron sostener el aliento de nuevo. Malos pensamientos que me llevaron a sentir culpa, después de tantos años. Y es que no nos sentimos culpables hasta que nuestras acciones recaen en alguien vulnerable. Y tendemos a pensar que la muerte es nuestro estado de mayor vulnerabilidad. La verdad es que no podemos saber en qué momento de la vida estamos. Lo cierto es que somos más vulnerables estando vivos, pero no nos detenernos a reflexionar en ello.

Finalmente sentí una pena terrible pensando en cómo debe estarla pasando su familia y preguntándome mil cosas más sobre el solo hecho de estar viva. No le llamaría miedo a lo que sentí después. Me entró un enorme deseo de que mi compañera hubiera cumplido con sus metas de vida y me motivé a ir detrás de las mías. Porque como dijo Dumbledore: “Para una mente bien organizada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura.”
Publicado en: Omnia Noticias
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Conforme vas llegando a la vida adulta —aunque no lo quieras aceptar— te das cuenta de que ahora comienzas a juntar suficiente dinero para hacer y comprar aquello que tanto querías, pero lo que en consecuencia se ve escaso es el tiempo para hacerlo.

Desde que cambié de trabajo, (trabajé mucho tiempo siendo Barista en un café muy popular de la ciudad de Chihuahua), los viajes que he hecho han sido escasos a diferencia de antes, cuando me dedicaba a andar de aquí para allá. Pero después de 2 años sin visitar la capital del país, compré un vuelo redondo al D.F. y boletos para Pearl Jam, con 6 meses de anticipación, viéndome así más que obligada a darme el tiempo.

Cinco días de vacaciones fueron suficientes para poder visitar los lugares que a continuación les recomiendo.

Últimamente había visto los comerciales de Trivago y me llamaba la atención que no tenían mucho sentido, pero fue la página que me ayudó a encontrar el hotel Fontán Reforma, a una cuarta parte de su costo original, con sus cuartos recién remodelados y con esta maravillosa vista en mi ventana, ya que se ubicaba en plena Avenida Reforma.


Ese día, después de dejar las maletas y tomar un baño rápido, llegamos a comer a la Pizza de Perro Negro. Tienen 6 sucursales en todo México, 3 en D.F.

Las pizzas que manejan son de graaan tamaño y, en particular, la cerveza de su misma marca es deliciosa. Ésta vez probé sus pizzas Tenesse BBQ y la nueva The Risin' Sun, y para acompañar Bulldog Frances y Golden Retriever, todo altamente recomendables.

Y de noche, visité la cafebría El Pendulo.

De la cuál no tomé fotografías. Tienen muchísimos libros y artículos interesantes, sobre todo de diseñadores mexicanos. Tengo que confesar que no me gustó nada lo que pedí, que fue una cerveza con clamato cubano (caliente) y unos chicken fingers (con una consistencia nada crujiente). Pero la próxima vez que esté de visita, le daré una segunda oportunidad.
Jumpsuit color camello y Botas overknee en negro. 




Al día siguiente, después de pasar la mañana y tarde en Six Flags -es una visita obligatoria siempre que hay juegos nuevos-, una siesta corta, un baño y un par de cambios, el ganador fue el siguiente:



Tomamos unos whiskies en el hotel y salimos a bailar toda la noche al Patrick Miller en la Roma. Los viernes es de música de los 80's y 90's, así que no hay excusa para no moverse. Después fuimos a un popular bar de la zona donde también tenían bastante buen gusto musical.

Patrick Miller
Otro lugar que les recomiendo de corazón, es el que te salva de la cruda el siguiente día. Vayan por favor a desayunar a Chilakillers. Es una fonda decorada con un arte moderno y a su vez abstracto, donde puedes pedir el desayuno más mexicano que deseas, acompañado de una cerveza michelada. El tamaño de las porciones del platillo son más del doble de lo que pude comer, pero de verdad deseas dejar el plato vacío.



 

Luego caminando a la Condesa, visitamos La Pulquería Fina. No soy fan del pulque pero me agradaron los sabores de piña colada y manzana-naranja.
Esa noche fue el concierto. Después de 6 meses de esperarlo, no podría creer estar entre 60 mil personas escuchando a Pearl Jam. El outfit de la noche, a pesar de la idea que tenía y las opiniones     sobre llevar camisas a conciertos, fue bastante cómodo y sencillo.

Camisa blanca, jeans negros, nikes blancos y suéter a la cintura.


El domingo visité Coyoacán buscando lugares donde comer y pasar una tarde amena, y después de visitar el mercado en la plaza y dar un par de vueltas encontramos frente a una de las plazas principales en un segundo piso un lugar llamado Doña Chela. Nos atendió una chica muy amable y al subir las escaleras me encontré con éste mágico lugar de donde es la primer fotografía. Después subimos a bar La Bipo a probar la jarra Esquizofrénica.




Doña Chela
La Bipo
Jarra La esquizofrénica


A pesar de haber dudado en regresar pronto, una vez más el DF me sorprende y logra mandarme de regreso a mi ciudad con un buen sabor de boca y ganas de volver una vez más. 
Hasta pronto.



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Hace unos años, cuando estaba en la escuela y tenía que encontrar pretextos para no hacer mi tarea por las tardes, pasaba mi tiempo en Wikipedia, leyendo de artículo en artículo hasta terminar de regreso en la Armonía de las Esferas.

Entre otras cosas, me perdía por horas leyendo sobre trastornos psicológicos y adjudicándome cada síntoma del que leía. Cada semana tenía una enfermedad diferente. No podía dormir en las noches pensando en que seguramente no podía dormir por el insomnio que me causaba algún trastorno de ansiedad generalizada.

Había leído tanto sobre la mente que mi propia mente estaba confundida. Si bien había ido al psicólogo y tenía situaciones en las que debía trabajar, nada había sido tan frustrante como el tener que convencerme a mí misma de que la mayoría de mis trastornos eran imaginarios. Como mis amigos de la infancia, que seguramente eran producto de alguna esquizofrenia en desarrollo.

Si le dedicas tu vida entera a algo en específico, vas a terminar convirtiéndote en ello. 

En varias ocasiones me convencí de que tenía un trastorno obsesivo compulsivo porque tengo manías como no poder evitar tocar el lado opuesto exacto de mi cuerpo cuando toco algo por accidente, o porque cuento las líneas de la carretera o porque sumo los números en las placas de los carros hasta convertirlos en una sola cifra.

Alguna vez creí tener bipolaridad, pero sólo estaba viendo alguna película de Christopher Nolan. Todavía hay ocasiones en las que creo tener paranoia, pero sólo estoy siendo paranoica. Aún tengo ataques de pánico que tan reales como son, lo que sigue después es el problema, ya que son el síntoma de muchos otros trastornos que me convenzo de tener una y otra vez.

El problema radica en que tú decides lo que eres. Si le dedicas tu vida entera a algo en específico, vas a terminar convirtiéndote en ello. Así perdí tiempo, esfuerzo y a varios amigos. Por eso es importante aprender a tomar el control ante las situaciones y entender que hasta nuestra propia mente nos puede engañar sin darse cuenta. Y que no podemos dejarnos llevar por una idea sin analizarla antes con la cabeza bien fría, porque como nada es absoluto, toda realidad es engañosa. Quién sabe. Quizá es algún trastorno de despersonalización. Quizá sólo soy hipocondriaca.

Publicado en: La Crónica de Hoy
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“All the hate coming out from a generation who got everything and nothing guided by temptation. Were we born to abuse, shoot a gun and run or has something deep inside of us come undone? Is it a human trait or is it learned behavior? Are you killing for yourself or killing for your savior?”

—Marina and the Diamonds

Quizá una de las sensaciones que más me molestan es la de la decepción, porque soy mala perdiendo y decepcionarse significa aceptar el error de nuestras expectativas. Y en esta sociedad, más vale aprender a asimilarla, o bajarse del tren.

Siempre he sido una persona competitiva, especialmente conmigo. Me he decepcionado de mí misma en numerosas ocasiones, pero aprendo de ellas para evitarlas en el futuro, pues creo que la vida se trata de eso cuando te interesa vivirla a plenitud. Sin embargo, tendemos a cometer los mismos errores una y otra vez. “Porque somos humanos”. ¿Y qué son los humanos sino una especie más de primates? ¿Cómo no decepcionarse de ellos cuando se dicen diplomáticos y razonables, y luego demuestran que no lo son? He considerado la vieja idea de que si no puedo con ellos, me les una. Pero creo que preferiría que me arrancaran la cabeza a andar por ahí fingiendo que no pasa nada.

Andamos por ahí inventando leyes qué romper para reemplazar por otras que se acomoden mejor a nuestra manera de pensar; y religiones que lo justifiquen. 

Basta con ver la manera en que se manejan las guerras y los conflictos globales. Nuestros gobernantes llegaron a donde están mintiendo y engañando. Qué bueno que John Lennon se murió antes de ver que quizá si era el único. En tanto a aquellos que pueden dormir por las noches a pesar de la sangre ajena que derraman y el dolor que causan, bien por ellos, pues nada es absoluto. Quizá son ellos los que están en lo correcto.

Andamos por ahí inventando leyes qué romper para reemplazar por otras que se acomoden mejor a nuestra manera de pensar; y religiones que lo justifiquen. En lugar de aceptar que nunca nos vamos a poder de acuerdo. Vivimos en una tensión constante porque nos sentimos culpables de todo lo que hacemos y pensamos. Nos convencen de que somos razonables y nos dan un concepto del bien y el mal, pero en el fondo sabemos que sólo el más fuerte sobrevive. Y el más fuerte nunca es razonable y rara vez cumple con el concepto de “bueno” que establece la sociedad. La confianza y la cortesía son conceptos inventados y no sabemos si sus bases son reales, la verdad es que esto es un campo de batalla, y en la guerra todo se vale. “Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio y la traición se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía”, dijo Jean-Jacques Rousseau hace un par de siglos.

Quizá deberíamos dejarnos fluir. Aceptar que en el fondo somos seres salvajes enjaulados, esperando quietos y resentidos a que alguien venga y nos lance comida para no morir, en lugar de andar por ahí como los simios que somos, rascándonos la espalda entre todos y gritando cada vez más fuerte y matando para no morir. Justo como ahora, sólo que sin la hipocresía y las mentiras. Probablemente si la humanidad fuera honesta, desaparecería en dos días. En este caso, me encantaría estar equivocada.

Pero no se puede tener todo en la vida. Dicen. Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hay días en los que simplemente la sonrisa decide quedarse en casa a dormir. No parece haber razón para estar feliz y mucho menos para fingir estarlo. Cuando trabajaba en un café, tenía que sonreír todo el día a los clientes como una cortesía de servicio. Y no voy a mentir, es cierto que fingir una sonrisa nos lleva, paulatinamente, a creer que estamos felices. No era hasta que llegaba a casa a llorar por horas que me daba cuenta de que, de hecho, no me había sentido feliz en mucho tiempo. La infelicidad es un tema tan tabú, que lo evitamos a toda costa. Respondemos que estamos “bien” cuando nos preguntan qué nos pasa porque sabemos que no queremos meternos en el problema que implica explicar una sensación que a veces ni nosotros mismos comprendemos, además las posibilidades de que a la otra persona no le interese escuchar nuestra respuesta real son altísimas. Lo cierto es que todos preguntamos “¿Cómo estás?” como simple cortesía, pues sabemos que la respuesta siempre será “bien”.

Por otro lado, es considerado grosero no sonreír, lo cuál es ridículo. Lo que sentimos y cómo elegimos expresarlo o no hacerlo, no tiene por qué incumbirle a los demás. Es muy común ir caminando por la calle, pensando en el mundo que es nuestra cabeza, cuando algún extraño se siente con el derecho de exigirte que sonrías. “La vida sigue”, dicen generalmente los adultos mayores. Quizá sus intenciones son buenas, pero difícilmente va a ser el día o el momento para prestarle atención sin que nos explote la cabeza.

Incluso desde niños es común escuchar a nuestros papás reprendernos por no sonreír a la gente “no seas mal educada, payasita”, me decía mi papá molesto cuando no saludaba a mis compañeritos de la escuela. La verdad es que no me caían bien y no tenía ninguna responsabilidad de demostrar lo contrario. Hasta la fecha prefiero parecer “payasita” a que vayan a malinterpretar mi amabilidad con algún tipo de simpatía que no existe.

Es cierto que estudios recientes prueban que la sonrisa, cuando no es natural, es una manera de demostrarle a los demás que somos inofensivos. La hipocresía de la supervivencia, pues. La verdad prefiero que crean que soy una amenaza (cosa difícil considerando que mido 1.63mts) a tener que fingir una sonrisa. Crecí con papás políticos, así que aprendí a identificar sonrisas falsas a una edad temprana. Y a utilizarlas también.

Es casi imposible saber lo que se esconde detrás de una sonrisa falsa. Y si ya de por sí me es difícil confiar en las personas, me es más difícil aún confiar en alguien que sonríe sin razón. Generalmente los sentimientos que se ocultan detrás son negativos.
Parecería que la autodestrucción es la cualidad que define al humano.

Sin embargo, esos días en que la sonrisa llega natural y todo parece brillar alrededor, me gusta compartirla. Me gusta ver a los niños y a los ancianos reírse cuando nadie más los ve. Me gustan las sonrisas estúpidas de las parejas que se están enamorando. Me gustan las sonrisas de los papás al ver a sus hijos crecer. Esas sonrisas tan genuinas y tan en peligro de extinción.

Tristemente nuestra sociedad se encarga de destruir todo lo que podemos disfrutar naturalmente y lo convierte en un arma que ataca principalmente a las personas que la conforman. Parecería que la autodestrucción es la cualidad que define al humano. Como dijo Bukowski: “Encuentra lo que amas y deja que te mate". Y somos buenísimos haciéndolo.

Pero no todo es apatía una vez que aprendemos a identificar las diferencias. Simplemente los días tristes es más difícil ver el brillo, pero no significa que no esté allí o que no vaya a estar mañana. Lo importante es respetar lo que sentimos y ser honestos con nosotros mismos. Si no, hasta la sonrisa más pura pierde toda su intención.

Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hace un tiempo emprendí un viaje corto a un pequeño pueblo llamado Santa Isabel, en el estado de Chihuahua, para hacerle una visita al popular hospital psiquiátrico abandonado. En el edificio no me topé con ningún fantasma, pero sí con piezas de arte callejero casi espectrales, por lo que escribí un artículo para Fusion Magazine titulado “Espectros a Color”. Acá les dejo la entrevista completa con Roberto Partida “Bebo”, uno de los artistas:

1. ¿Cómo describirías tu trabajo como artista y cuáles son tus orígenes?Hice estudios de filosofía. Y en ese entonces era poeta. Al final exploré poesía visual y realicévarios proyectos interactivos. En un momento decidimos hacer Javier Guerra, Heriberto Yépez y yo un proyecto sobre Borges. Se llamaba Borges Manda! La idea era reimaginarlo, renovarlo. Parte de mi trabajo era hacer stenciles de Borges y ponerlos por la calle. Luego me enfoqué en hacer instalaciones y foto. Y lo mezclaba con el hobbie de ir de vez en cuando a poner algún stencil. Es hasta hace un par de años que empecé a hacer stenciles en serio. Es decir, a trabajar murales con una intención más artistica, con la idea de decir algo, de poner de manifiesto la vida.

Pintar en la calle me ha cambiado la vida, no sólo en mi percepción sino en mis hábitos.

2. ¿Cómo fue que terminaste dejando tu trabajo en el hospital psiquiátrico abandonado de Santa Isabel?
Hace un par de meses estuve en Chihuahua en el proyecto Centrópolis. Tuvimos la función de intervenir los muros de la ciudad de Chihuahua. Una vez en la ciudad vimos distintas opciones de dónde más pintar. Santa Eulalia fue una opción que nos llamó la atención y la otra por proximidad era Santa Isabel. Salimos Mil Amores, Victoria, unos realizadores de video, gente de moda para allá y después de comer paletas nos fuimos al antiguo “manicomio”. En las afueras encontré el primer spot en adobe, un muro hermoso y único. Después saltamos los muros y pintamos todo lo posible, puertas cuartos, tanques de agua, la alberca. Ahí encontramos niños rarámuris que nos ayudaron a pintar. Mientras las chicas de moda hacían una sesión de fotos nosotros nos trepábamos a pintar los suministros de agua. Entre murciélagos y locura dejamos varias pintas en el lugar.

3. ¿Qué tal ha sido tu experiencia como artista, no sólo en el lugar, sino en general?
Pintar en la calle me ha cambiado la vida, no sólo en mi percepción sino en mis hábitos. Ahora veo muros buscando spots. Transformar el entorno con un poco de pintura es sorprendente. Hacer una imagen o sólo agregar pintura a un muro cambia tu precepción, tu paso por una calle y tus sensaciones. Sentarse y dibujar en papel para luego soñar con un spot, encontrarlo y planear todo (conseguir material, organizarlo, conseguir el spot, y hacerlo), es un proceso que te transforma. He pintado cosas muy feas en la calle, vandalismo, o solo por rayar… trazarle un camino a un amante, o una sorpresa a un amigo… pero la gente me ha permitido pintar sus muros. Entonces empecé a pintar con moldes, unos pequeños, y luego pensé en hacer moldes cada vez más grandes, de 8 o 9 metros. Luego he visto que no es tan práctico cargar un molde tan grande, así que empecé a trabajar con seres geométricos como un free style. Armar un andamio, estar trepado ahi, ver a la gente, platicar y saber que piensan en increible. Es un gran regalo poder hacerlo.

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4. ¿Qué podemos esperar en el futuro sobre tu trabajo?
Quiero hacer muros más grandes. Murales más complejos. Normalmente hago imágenes solas, seres deambulando, ahora quiero hacer murales más narrativos, con más elementos. Pronto haré un muro para All city canvas, pero lo más importante es que seguiré haciendo calle, es algo que amo.

5. ¿Dónde podemos ver más de tu trabajo? 
Acá subo mi trabajo. Casi diario pongo algo al menos en el instagram, pero puedes ver dibujos y demás.
http://roberto-partida.tumblr.com/
https://www.facebook.com/bebo7partida?ref=hl
http://instagram.com/bebocoati
Fotografía: Ángel Cervantes
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Cuando descubrí que los programas y las películas se podían descargar de Internet, dejé de ver televisión. Pero antes de eso, crecí con la compañía de Clarissa lo Explica Todo, Oye Arnold, los Castores Cascarrabias, Kablam, Kenan y Kel, Doug y Pete&Pete, entre otros programas de Nickelodeon. En una ocasión visité la casa de mis papás y me senté con mi hermana pequeña a ver televisión. Me di cuenta de lo mucho que han cambiado los tiempos y de que todo lo que les venden a los niños ahora es básicamente basura, cuando de pronto mientras pasaban iCarly escuché de fondo “Running Away” de AM, un cantautor de Oklahoma que toca folk rock y que no era tan conocido como para aparecer en un programa infantil tan popular, así que corrí a preguntarle a Google para encontrarme con que el escritor y productor Dan Schneider no sólo estaba apoyando la escena alternativa actual, sino que se había encargado de poner en sus series (desde All That hasta iCarly, pasando por Kenan & Kel y Drake & Josh) música independiente que de manera inconsciente se clavó en la cabeza de miles de niños de esa generación.

Basta con desempolvar la mente y echarle un vistazo pequeño al pasado para descubrir claramente de dónde surgió nuestra generación. 

Buscando más profundo en las aguas del Internet, me encontré con Doug, el niño tímido de pantalones cortos que tenía un perro estereotípicamente inteligente y un mejor amigo azul. ¿Recuerdan a “The Beets” o “Los Idos”, en su versión en español? Bueno, pues ellos lo eran todo para los protagonistas, los podemos ver en más de un capítulo y sus canciones suenan en repetidas ocasiones durante la serie. La banda de cuatro integrantes era un obvio homenaje a dos grandes grupos del rock angloparlante: The Beatles y The Rolling Stones. En un popular episodio, siguiendo los pasos de sus ídolos, Doug y Tito intentan grabar una canción, hasta que su morada amiga Beebe, que es millonaria, les sugiere “pensar en grande”, demostrando a lo largo del capítulo la facilidad con la que la industria de la música puede distorsionar proyectos ricos en pasión para convertirlos en productos que se venden fácilmente. Por ello ese resentimiento ante la música comercial es algo que perdura en muchos hasta la fecha.

Pasando de la nostalgia, me encontré con un episodio de Pete & Pete en algún rincón del Internet, una serie sobre dos hermanos pelirrojos de diferentes edades que llevan el mismo nombre, poniendo en evidencia la excentricidad de su familia. Recuerdo lo mucho que me entretenía viendo un episodio tras otro, tras otro, tras otro en los maratones de fin de semana. Es ahora que me detengo a reflexionar en cómo esta fue una de las series que contaban con un amplio repertorio de música independiente. Comenzando con el tema principal del programa, “Hey Sandy”, canción de un grupo de indie rock llamado Polaris, que colaboró para la serie en varias ocasiones. Además, cada de vez en cuando hacían cameos a grandes como Iggy Pop, Debbie Harry y Richard Edson, el primer baterista de la banda neoyorquina Sonic Youth. La dirección que le daban a la serie hacia una escena noventera alternativa era bastante evidente.

Basta con desempolvar la mente y echarle un vistazo pequeño al pasado para descubrir claramente de dónde surgió nuestra generación. Por eso a pesar de que la industria cayera años más tarde en manos de alguna Beebe millonaria, se agradecen los viejos buenos tiempos.

Publicado en: La crónica de Hoy
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Un día de verano de 1996, mi papá me contó la historia de cómo un perro le dio un aventón a la ciudad desde el rancho en el que vivía para ir a la escuela cuando tenía mi edad. No era un hombre peludo, era un perro blanco con cuerpo de hombre, llevaba guantes de cuero negro y una chamarra de mezclilla. Me contó cómo se detuvo en la orilla de la carretera y le permitió subir. Su primera reacción fue la de asustarse, pero luego vio que el perro era bastante amable, por lo que se subió y no hizo comentarios en el hecho de que era un perro conduciendo una camioneta. Entre otros temas, el perro le contó cómo se había curado del dolor de riñón que no lo había dejado en paz días atrás, hasta que una mujer le dio un remedio, e incluso lo compartió con él. Llegaron a la ciudad y mi papá se bajó del vehículo, dándole al perro las gracias por el aventón y por la cura para el dolor de riñón.

Siendo una niña, la imagen del perro conductor se clavó en mi memoria. Años más tarde, lo recordé y le pregunté al respecto. Tenía la teoría de que quizá fuera alguien con una enfermedad o una barba muy extraña. Nuevamente, mi papá me aseguró que se trataba de un perro de una manera tan natural que por poco le creo. En alguna ocasión lo escuché decirle el remedio a alguien que le dolía el riñón y respondiendo con un simple “un perro me dijo”, cuando le cuestionaron dónde lo leyó. Los años pasaron y la explicación no llegaba.

Hace un par de años, mi papá enfermó de un cáncer que meses más tarde terminó con su vida. Un día, cuando estaba ya en cama, le pregunté por el perro. “No entiendo por qué no me crees”, me dijo cuándo me explicó de nuevo que se trataba simplemente de un perro blanco. Así fue que pasé de creer en el perro a los seis a no creer en él a los trece para decidir a los veintiuno que no había más razón para no creer. Mi papá dejó este mundo y el perro sigue siendo el mismo perro que era hace 20 años.

De mi papá aprendí que la educación es un privilegio y la honestidad una obligación, a pesar de que hacía trampa en todos los juegos de mesa. De mi papá aprendí que con los rusos no se juega y que Oppenheimer era un idiota. De mi papá aprendí que siempre hay algo nuevo qué aprender de los demás y que el dolor de riñón se cura combinando barba de elote, cola de caballo y barba de coco en una misma infusión.

Porque a pesar de que es probable que haya tenido una explicación racional, le agradezco haberme dejado esa constante chispa de incertidumbre. Después de todo, hay personas que pierden la razón por no creer en lo fantástico.

Publicado en: La Crónica de Hoy
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Un día navegaba por una página que te permite comunicarte con extraños de diferentes parte del mundo. Suena tan peligroso como decía en los panfletos que los religiosos entregaban a los papás afuera de las primarias de gobierno. Sin embargo, el único peligro que encontré fue el de la discriminación. Bastaba con responder con “México” cuando me preguntaban de dónde era para que la venta se cerrara. Me extrañó, considerando que tengo amigos de diversos lugares del mundo por medio del internet que no tienen de diferente a mí nada, además de la parte latina. Uno de los casos con los que me topé fue un chico francés de 19 años que abiertamente me preguntó por qué hacíamos tanto alboroto por la gasolina si todos andábamos en burro. Le respondí preguntándole por qué se molestaban tanto en hacer fragancias si de cualquier forma su hedor a queso dominaba. Ante esto el chico se rió y me confesó que no me creía que era mexicana, debido a mi manera de comunicarme y a prejuicios que tomó de la televisión americana. Hablamos de estereotipos y terminó por disculparse. Aun así cerré la ventana, pues el chico era cuatro años menor que yo y eso me resultó un tanto incómodo. Reflexioné en que ese concepto de fiesta, tacos, tequila, piñatas, burritos e ignorancia en el que el resto del mundo nos posiciona está disminuyendo, sin embargo aún existe. Y no es su culpa.

Hasta hace poco tiempo imaginaba a personas de diversas culturas tal y como las demuestran en los libros de historia y geografía de la SEP. La verdad es que todos nos vestimos con ropa inspirada en American Apparel y usamos Converses de vez en cuando. Todos lloramos con los comerciales navideños de Coca Cola y a todos nos duele el dedo chiquito del pie cuando nos golpeamos con la orilla de la cama.

Quizá no sean nuestros mejores tiempos. Quizá nunca hemos tenido los mejores tiempos, pero somos barrio, somos pueblo.

Defendiendo a mi país, me di cuenta de que a pesar de que estoy en desacuerdo con mi gobierno y considero que se podría hacer mucho más por la cultura y la educación para el progreso del mismo, tengo al águila real bien posada en el corazón. La contradicción de odiar a mi gobierno, pero llorar cantando “México en la Piel”, porque todavía creo en mi estúpida y sensual patria.

Quizá no sean nuestros mejores tiempos. Quizá nunca hemos tenido los mejores tiempos, pero somos barrio, somos pueblo. Somos a los que los de arriba llaman criminales mientras se gastan nuestros impuestos en regalos de navidad para sus hijos mal educados, esos que nos llaman “prole” en Twitter. Pero México somos los otros. Los que sabemos y sentimos el fuego desde el centro. Los que no nos dejamos, aunque parezca que sí. Los que creemos de verdad. Nuestro coraje es genuino y el día en que se meten con nuestro orgullo, entonces ven cómo arde el fuego cuando proviene de un lugar más allá del miedo y la impotencia. ¿Escuchas, Donald Trump?

Somos el cuarto o quinto plato de tortillas recién hechas con frijolitos que no le podemos negar a nuestra abuelita. Somos colores por todos lados. Somos fe. Somos el abrazo de mamá al volver a casa y su bendición al marcharnos. Somos amigos. Somos familia. Y que el gobierno lo intente todo lo que quiera, que de rodillas no nos van a poner. Porque México es el pueblo y sus ganas de estar de pie. Y por cansado que resulte, de pie nos vamos a quedar.

Impreso en: La Crónica de Hoy
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Cuando llegas a cierta edad, comienzas a entender y aceptar lo que eres. Supongo que nunca llegas a saber quién eres, porque en hacerlo vivimos la vida; sin embargo ocurre un cambio en el que entiendes a qué ritmo te estás conociendo. Aprendes a aprenderte, vaya. Y entonces se vuelve más fácil hacerlo. Una vez que eres consciente de que ese aprendizaje es constante, comienzas a controlarlo de manera progresiva. Esos rollitos extra de la cadera, esas ideas que tienes y que nadie parece entender, ese barro de la frente o el sonido raro que produce tu garganta cuando te ríes muy fuerte. Terminas por enamorarte de todos tus defectos. Pero llegar a entender eso es la parte difícil, tomando en cuenta la sociedad que hemos construido.

Hace un par de días estaba viendo videos random en Youtube en lugar de dormir. Terminé viendo un documental sobre un grupo urbano que se hace llamar “Living Dolls”. Generalmente son chicas con una fuerte influencia por una parte pop de la cultura japonesa. Estas chicas se visten diariamente con el propósito de simular una muñeca de porcelana o un personaje de alguna serie de dicha cultura. Entre las entrevistas que se les hacen, todos coinciden en que prefieren vivir en un mundo de fantasía en el que pueden ser una muñeca e incluso actuar como creen que lo haría una de estar viva, así como la desconformidad con su apariencia, que es la principal razón de la elección en su estilo de vida. Sometiéndose a cirugías estéticas caras y peligrosas para obtener una imagen más parecida a la de una muñeca. A la fecha este estilo de vida es considerado una adicción, pues los participantes se obsesionan cada vez más con su propósito de convertirse en un ser perfecto.

Por otro lado, me encontré con un documental sobre personas de color que se exponen a tratamientos altamente riesgosos para aclarar su piel lo más posible. En sus entrevistas es evidente su rechazo ante sus raíces, manifestando que consideran su color de piel inferior entre más oscuro les resulte. Mientras tanto, tenemos a las personas blancas que son adictas a exponerse a camas de bronceado. Todo para terminar siendo del color de los latinos. (Ah, ¿verdad?)


Hemos idealizado ciertas enfermedades para mantener a la sociedad bajo un dedo gigante que indica que nos están juzgando desde los zapatos que nos pusimos hasta el color de nuestro cabello.


Ante los confusos estereotipos de belleza que la sociedad ha construido, existen casos que terminan en tragedia debido a la sobre-exposición de publicidad engañosa que propone que la belleza cuenta con ciertas cualidades que, en el mundo real, son inalcanzables de una manera saludable ya sea física o psicológicamente. La lista de enfermedades y trastornos en base a ello son interminables y muchas de ellas incluso incomprensibles hasta la fecha.

Hemos idealizado ciertas enfermedades para mantener a la sociedad bajo un dedo gigante que indica que nos están juzgando desde los zapatos que nos pusimos hasta el color de nuestro cabello. Por culpa de los prototipos de belleza que nos venden las grandes industrias, hemos omitido la mejor parte de la belleza, que es sentirla. Ojalá pronto todos lleguemos a esa sensación de armonía y aceptación y nos demos cuenta de que, seamos quién seamos, vengamos de donde vengamos y tomemos las decisiones que tomemos, todos somos hermosos.

Menos Donald Trump, ese viejillo parece mazorca vieja.

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Hace unos días, tras un análisis de mi caligrafía, un experto me dijo que tengo un tipo de personalidad Idealista Soñadora, la cual acepté como correcta y adecuada a mi persona. El test que encontré era entretenido a pesar de lo obvio de las preguntas. Al finalizarlo, el test indicó que mi tipo de personalidad es ENFP, personalidad que caracteriza a personas curiosas, idealistas y que van tras la búsqueda de significados. Coincidía tanto con mi superyó que compartí el entretenido test con un amigo. Cuando lo finalizó, dijo que la descripción era muy acertada a lo que él considera que es. Curiosamente y a pesar de que somos muy diferentes, su resultado era el mismo que el mío.

A finales de los cuarentas, el Dr. Bertram R. Forer aplicó un test de personalidad a sus 39 alumnos, entregándoles un resultado personalizado basado en sus respuestas. Al entregarles sus resultados, se les pidió evaluar lo acertado de este en una escala del 0 al 5. En promedio, el grupo calificó al examen con un 4.2 sin saber que el resultado que les había entregado a todos era el mismo. Debido a ello, esta validación subjetiva o validación personal que presentamos los humanos, se conoce también como efecto Forer.

Cuando una descripción es suficientemente vaga y generalizada, es sencillo adjudicárnosla, pues son cualidades o defectos con las que todos contamos a alguna escala.

Los factores más influyentes sobre el efecto Forer son la expectativa, la ilusión y la condición humana de buscar darle un sentido válido a la experiencia personal. Nos adjudicamos a un nivel subconsciente afirmaciones sobre nosotros mismos que podrían ser falsas, pero que deseamos sean parte de nosotros.

Indagando más en el tema, me encontré en internet con que el tipo global de personalidades a las que hacía referencia el experto correspondían a los que indica un test de personalidad de 16 factores, por lo que lo tomé para corroborar mí ya definida personalidad.

Cuando una descripción es suficientemente vaga y generalizada, es sencillo adjudicárnosla, pues son cualidades o defectos con las que todos contamos a alguna escala. Así funcionan los horóscopos y los tests de Facebook que te juran que tú eres Regina George en algún universo o que Emma Stone es tu chica ideal.

Así que no importa si resulta que eres Sagitario, extrovertido, Ravenclaw, llanero solitario, Khloe Kardashian, hippie y que te vas a casar a los 37 con un clon de Justin Bieber, porque al fin de cuentas, sólo tú puedes decidir quién eres. Y quién no.

Publicado en: Omnia Noticias
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“Ah, music! A magic beyond all we do here!”  –Albus Dumbledore

Hace unos días mi mejor amigo me invitó a visitar a un viejo amigo suyo, advirtiéndome de antemano que estaba algo loco, pero como dijo Jack Kerouac: “Las únicas personas para mí son las que están locas, locas por vivir, locas por hablar, locas por salvarse”. Así fue que, después de perdernos un rato en una colonia de la ciudad, dimos con el departamento. Me encontré de pronto con tres chicos muy distintos entre ellos. Uno fumaba un cigarrillo, otro improvisaba con un bajo eléctrico y el tercero tocaba los bongos mientras tarareaba tonadas al azar. Todos comíamos cacahuates y teníamos conversaciones aleatorias sobre magia y series de televisión. De pronto, el beat del bajo eléctrico se fusionó con los bongos y todos nos callamos un momento para escuchar. El chico del cigarrillo salió de la habitación y regresó con una guitarra acústica, uniéndose a los otros dos en lo que se había convertido en una sesión de improvisación. En mi cabeza, inventé una tonada que podría adherirse. Se me ocurrió unirme, pero no estaba segura de estar invitada. Sin embargo, una vocecita dentro de mi mente me animó a hacerlo, ¿qué podría perder, además de la vergüenza? Cerré los ojos para escuchar, y de pronto estaba dentro de la melodía que se había formado. Tarareaba notas al azar, luego el chico del bajo me siguió. Todos estábamos callados escuchándonos y sintiendo la música. Se me enchinó la piel y solté una genuina risita cuando la canción se apagó.

Si lo pensamos bien, todo es música.

Se hizo tarde y tuvimos que irnos. Al salir, se escuchaba hasta el pasillo cómo aún tocaban y cantaban “The Lion Sleeps Tonight”. Yo seguía hipnotizada por haber perdido el miedo. En otras ocasiones había estado con amigos que improvisaban, aguantándome las ganas de ser parte de la armonía que crea la música cuando la dejas fluir.

Si lo pensamos bien, todo es música. Según la teoría pitagórica de la armonía de las esferas, todo se rige por proporciones musicales. “La Armonía de las Esferas es la quintaesencia de la belleza en la explicación pitagórica del Cosmos divino armonizado de forma fascinante por la concordancia de las proporciones aritméticas y musicales, que extrapoladas al universo entero determinarían que los cuerpos celestes debían emitir en sus movimientos unos tonos musicales armoniosos cuya combinación producía una maravillosa melodía permanente: «La Música de las Esferas».”

Por otro lado, la armonía se puede sentir. Cuando estamos en calma, estamos armonizando con nosotros mismos. Somos música, y lo digo sin intención de sonar hippie. Pero sí. Se lo dijeron al pato Donald en esa película sobre las matemáticas. Y yo les creo.

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Dos personas importantes en mi vida, en situaciones completamente ajenas entre sí, me señalaron que debo dejar de experimentar con la mente de la gente. En ambas ocasiones, cada una de ellas estaban resentidas conmigo, seguramente por buenas razones.

Una de las dos me dijo que llevo a las personas hasta su límite, lo cual me puso a pensar en diversas ocasiones en las que, de hecho, he empujado a personas hasta su límite con la intención de demostrarles que pueden llevarlo más lejos, sin lograr otra cosa que alejarlos de mí. No sé si mi “condición” de maestra me haya llevado a ello, o si es simplemente algo que hago sin percatarme.

A pesar de que no me formé en una carrera de psicología, le he dedicado horas a educarme en el tema de la mente. Es inevitable cuando decides adentrarte en la búsqueda de respuestas que no tienes, no sólo sobre tu entorno, sino sobre las reacciones que este provoca. Entre esas cosas, están los individuos como tal.

Cuando era niña y me molestaba por situaciones que no podía cambiar, como la guerra o el hambre, siempre lo adjudicaba a la gente y me negaba a aceptarme como parte de la misma. Mi madrina me explicó que no todas las personas son malas, es sólo que toman malas decisiones a lo largo de su vida que los orilla a cometer errores. No estando conforme del todo con la información, separé a la humanidad en dos grupos: “las personas”, que son los humanos en general; y “la gente”, que eran aquellas personas que sabían que estaban actuando mal, pero lo seguían haciendo. Ahora que lo pienso, supongo que con “gente” me refería a las fallas en la sociedad.

Me dediqué entonces a no ser parte de “la gente” a una edad muy temprana y sin tener en claro el porqué de mi inquietud hacia ello. Desde que tengo memoria, escuchaba constantemente a mi papá hablar sobre política, corrupción e injusticias, temas sobre los que discutíamos de vez en cuando antes de ir a dormir. A los 12 años mi papá me había contado toda la historia sobre la segunda guerra mundial y me había pedido decidir si en realidad Hitler estaba en un error. Su intención era llevarme a formar un criterio propio, espero.

En torno a las preguntas que le hacía y las respuestas que esperaba o conclusiones a las que llegaba sobre temas específicos, mi papá me llamó Maquiavélica desde que tenía ocho años. Inicialmente me molestaba, pues sonaba feo y malvado, especialmente cuando había decidido dedicarle mi vida a ser diferente a la gente y hacer algo mejor por el planeta. Tenía una idea muy clara sobre lo que era correcto y lo que no y condenaba a todas las personas que opinaban diferente. Luego crecí para aceptar mi condición de malvada y mi misión de cambiarla.


El mejor escenario sería el de aceptar que nada es absoluto, incluyendo la percepción individual sobre “el bien” y “el mal”.

En respuesta al contraste de crecer creyendo ser malvada y tener unas intenciones tan fuertes de que las cosas estuvieran bien, surgió en mí una obsesión por hacer entender a la gente mi concepto del bien y el mal, porque en mi cabeza era absoluto. No era diferente a los fanáticos religiosos que cruzan la línea del respeto que yo tanto critico. Yo había cruzado esa la línea en la búsqueda de una sociedad utópica. Y en mi frustración, me encontré a mí misma.

El mejor escenario sería el de aceptar que nada es absoluto, incluyendo la percepción individual sobre “el bien” y “el mal”. Pero eso no me da las respuestas que busco. Se me ocurre que los ocho años es una edad muy temprana para decirle a un niño lo que es. Dile que es un genio y crecerá para serlo, dile que es un idiota y las probabilidades apuntan a que lo sea. A mí me dijeron que era malvada. Y esa parte de mí que aún lo cree, lucha contra ello. Soy mi principal obstáculo en la búsqueda de esa verdad única en la que no puede existir el mal. Y es terriblemente agotador. Para mí y para quienes me rodean.

Sin embargo, darse cuenta de una situación a tiempo es el primer paso para cambiarla. “El tiempo puede re-escribirse”, escuché por ahí. Y no significa rendirse, significa aprender. Lo cierto es que todos tenemos un largo camino por recorrer. Quizá sólo ando por ahí observando, haciendo anotaciones, experimentando, pagando el precio y justificando mis medios con mi finalidad. Quizá aún no encuentro la respuesta que busco, pero confío en que un día voy a saber cómo formular la pregunta.

Impreso en: La Crónica de Hoy


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“El producto más peligroso de cualquier sociedad es un hombre que no tiene nada que perder”. 
—James Baldwin.

Debería ser momento de que en las empresas y en la sociedad en general las personas comenzaran al menos a cuestionarse por qué las acciones no están generando los resultados esperados, por el contrario, tienden a resultar en caos e inconformidad. Es tiempo de dejar de asumir que es nuestra responsabilidad adaptarnos a nuestro entorno, cuando este sólo logra privarnos de la motivación para adaptar nuestro entorno no sólo a nosotros, sino a una mejora y un cambio que dé resultados realmente funcionales.

El problema no es en sí la falta de interés, el interés está. El problema es que no definimos metas, no somos objetivos y, especialmente, no proponemos. A pesar de ello, vivimos con la idea de que tenemos la autoridad de manifestar el hecho de percatarnos de las fallas en el sistema, como si no las estuviéramos alimentando. La aceptación es el primer paso, así que debemos aceptar que somos parte del problema nos guste o no. La buena noticia es que estamos a tiempo de decidir ser parte de la solución.

Casi el 90% de la población global muere habiendo estado inconforme con su vida. Si todos estamos molestos con nuestro entorno, ¿por qué hemos de adaptarnos a él, entonces? ¿Por qué no romper el tabú y dejar de llamarle “rebeldía” a las nuevas propuestas de organización social?

A las nuevas generaciones, por ejemplo, les es menos atractivo el sedentarismo y han desarrollado cierta repulsión hacia la rutina. Esto se debe a que el mundo debe moverse para avanzar. La tecnología y los medios de comunicación dieron más de un giro entero en los últimos dos años. Pretender que debemos actuar de la misma manera en que lo hacían las sociedades de hace dos siglos es ridículo. Los que tienen el control ahora están aterrados, por ello nos someten a protocolos que, en el fondo, son para recordarnos cuál es nuestro lugar y que en él la libertad no cabe. Dígase uniformes, discursos protocolarios, horarios fijos o pautas de comportamiento. Me he demostrado a mí misma que la calidad de mi trabajo mejora cuando se me da libertad de proponer, pues estoy dispuesta a aprender y mejorar. ¿De verdad necesitan tenernos atados hasta el cuello? ¿A qué le tienen tanto miedo? ¿Quién les hizo tanto daño?

Esta situación crea una eterna guerra contra nosotros mismos y nuestro miedo al cambio y nuestra cultura, que nos dice que hay que tener los pies bien puestos sobre la tierra. Es más, deben estar bien pegados y que no se vayan a mover, que luego hay consecuencias. Volar a un lugar nuevo y proponer un estilo de vida alternativo, por ejemplo. Qué horror.

El 2014 fue el año que ha registrado más profesionistas desempleados. Las generaciones de profesionistas pasadas se sorprenden y se preguntan lo que cambió. Lo que no entienden es que para la mayoría de nosotros, la idea de entrar en un círculo rutinario que sólo prometa un servicio de salud y un salario fijo no es sinónimo de bienestar o seguridad.

Son tiempos nuevos y sabemos que hay más por hacer que ponerse camisas apretadas, corbatas y someterse a los de arriba para alcanzar a tener una vida promedio. La realidad es que las personas mediocres se están extinguiendo y el sistema está cambiando. Lo cual es bueno para todos, excepto para los que se beneficiaban de ello: los burócratas. ¿Y qué creen? Ya no les tenemos miedo.

Necesitamos proponer maneras de funcionar en sociedad sin tener que sacrificar nuestra libertad. 

Sintiéndome así, hace unos días le pregunté a un amigo la diferencia entre estar en tus veintes y estar en tus treintas, pues no descarto la idea de que quizá mi formación está en proceso aún y estoy luchando contra la inevitable conversión en robot humanoide por la que tengo que pasar para no morir de hambre. Quería saber si con los años el sistema termina por aplastarte, porque muchos adultos me han amenazado con ello. Sin embargo, mi amigo me contó cómo él es libre y todo es cuestión de prioridades. Me sentí bien de saber que es probable que a los treinta no me muera de vergüenza de haber tenido 25, como me pasa ahora cuando recuerdo mi temprana adolescencia.

Aun así, la contrariedad persiste, pues no hemos logrado definir cuáles son los problemas específicos que deben ser erradicados. Es increíble que a estas alturas de la humanidad sigamos combatiendo el racismo, el abuso de poder, el patriarcado, la discriminación y la violencia. ¿Dónde está el progreso? Es que estoy chaparrita y los conservadores no me dejan ver.

Necesitamos proponer maneras de funcionar en sociedad sin tener que sacrificar nuestra libertad. Aumentar los niveles de calidad en nuestras acciones y tomar riesgos, en lugar de cometer los mismos errores una y otra vez a pesar de que ya sabemos cuáles son los resultados. Que se limiten los recursos, pero nunca las ideas.

Mi propuesta empieza por aprender a aceptar que de hecho hay un problema, escuchar opiniones e identificar situaciones de riesgo. Porque somos más fuertes que ellos y ya que el mundo se está acabando, nos estamos convirtiendo en ese hombre que no tiene nada que perder.

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Me gusta la lluvia, el café y los clichés.

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