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Cuando descubrí que los programas y las películas se podían descargar de Internet, dejé de ver televisión. Pero antes de eso, crecí con la compañía de Clarissa lo Explica Todo, Oye Arnold, los Castores Cascarrabias, Kablam, Kenan y Kel, Doug y Pete&Pete, entre otros programas de Nickelodeon. En una ocasión visité la casa de mis papás y me senté con mi hermana pequeña a ver televisión. Me di cuenta de lo mucho que han cambiado los tiempos y de que todo lo que les venden a los niños ahora es básicamente basura, cuando de pronto mientras pasaban iCarly escuché de fondo “Running Away” de AM, un cantautor de Oklahoma que toca folk rock y que no era tan conocido como para aparecer en un programa infantil tan popular, así que corrí a preguntarle a Google para encontrarme con que el escritor y productor Dan Schneider no sólo estaba apoyando la escena alternativa actual, sino que se había encargado de poner en sus series (desde All That hasta iCarly, pasando por Kenan & Kel y Drake & Josh) música independiente que de manera inconsciente se clavó en la cabeza de miles de niños de esa generación.

Basta con desempolvar la mente y echarle un vistazo pequeño al pasado para descubrir claramente de dónde surgió nuestra generación. 

Buscando más profundo en las aguas del Internet, me encontré con Doug, el niño tímido de pantalones cortos que tenía un perro estereotípicamente inteligente y un mejor amigo azul. ¿Recuerdan a “The Beets” o “Los Idos”, en su versión en español? Bueno, pues ellos lo eran todo para los protagonistas, los podemos ver en más de un capítulo y sus canciones suenan en repetidas ocasiones durante la serie. La banda de cuatro integrantes era un obvio homenaje a dos grandes grupos del rock angloparlante: The Beatles y The Rolling Stones. En un popular episodio, siguiendo los pasos de sus ídolos, Doug y Tito intentan grabar una canción, hasta que su morada amiga Beebe, que es millonaria, les sugiere “pensar en grande”, demostrando a lo largo del capítulo la facilidad con la que la industria de la música puede distorsionar proyectos ricos en pasión para convertirlos en productos que se venden fácilmente. Por ello ese resentimiento ante la música comercial es algo que perdura en muchos hasta la fecha.

Pasando de la nostalgia, me encontré con un episodio de Pete & Pete en algún rincón del Internet, una serie sobre dos hermanos pelirrojos de diferentes edades que llevan el mismo nombre, poniendo en evidencia la excentricidad de su familia. Recuerdo lo mucho que me entretenía viendo un episodio tras otro, tras otro, tras otro en los maratones de fin de semana. Es ahora que me detengo a reflexionar en cómo esta fue una de las series que contaban con un amplio repertorio de música independiente. Comenzando con el tema principal del programa, “Hey Sandy”, canción de un grupo de indie rock llamado Polaris, que colaboró para la serie en varias ocasiones. Además, cada de vez en cuando hacían cameos a grandes como Iggy Pop, Debbie Harry y Richard Edson, el primer baterista de la banda neoyorquina Sonic Youth. La dirección que le daban a la serie hacia una escena noventera alternativa era bastante evidente.

Basta con desempolvar la mente y echarle un vistazo pequeño al pasado para descubrir claramente de dónde surgió nuestra generación. Por eso a pesar de que la industria cayera años más tarde en manos de alguna Beebe millonaria, se agradecen los viejos buenos tiempos.

Publicado en: La crónica de Hoy
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El momento llegó. ¿Recuerdan cuando las mamás y las tías aprendieron a utilizar Facebook y el mundo como lo conocíamos se convirtió en una constante invitación a FarmVille y memes más sugestivos de lo que nos hubiéramos imaginado? Pues ahora las Señoras Qué actualizaron sus celulares y descargaron “el whasap“. La invasión de cadenas religiosas y emojis mal utilizados ha comenzado.

No olvidemos que nuestros padres no sólo vieron nacer y crecer la manera en que utilizamos los medios de comunicación, sino que les atravesó el estómago. Los papás que se están actualizando son, generalmente, pertenecientes a la “generación X“ o “generación perdida“. Nuestros papás son los hijos frustrados de los Baby Boomers, nuestros abuelos a los que no conocimos fuera de su condición de abuelos*.

Los boomers no sólo se llevaban el realismo al máximo nivel, sino que lo cruzaban. Cualquier ideal fuera de lo establecido por las leyes sociales y religiosas de la época era cosa de holgazanes. Pregúntenle a Donald Trump. Los boomers fueron una generación autoritaria, racista y altamente conservadora. Debido a ello, cualquier cambio resultaba abominable, no me dejarán mentir los volantes que a todos nos dieron fuera de la primaria explicando cómo la pornografía y el satanismo eran las bases de ese nuevo monstruo que había surgido: El Internet.

Sin embargo, nuestros padres que desde jóvenes sospechaban que era necesario cambiar al mundo, se arriesgaron a averiguar si esa era la manera. Se adentraron al mundo cibernético y se hicieron de una computadora a pesar de las plegarias de sus padres. “Es para la escuela de los niños“, decían los señores para justificar su curiosidad por la pornografía y la información ilimitada (pero más por la pornografía).

La evolución de la tecnología ha crecido de manera espectacular a tal grado que entre más grandes somos, más difícil nos es actualizarnos.

Así fue como a una corta edad, nuestra generación se conectó entre sí por medio de una red invisible creada por Tim Berners-Lee sin si quiera darnos cuenta. Consumíamos información de la misma manera y aprendimos además a compartirla. Los problemas sociales eran más notorios y descubrimos que teníamos muchísimas cosas qué expresar y la infinidad de maneras de hacerlo, logramos ser autodidactas y aprendimos a formular nuestros criterios propios.

Mientras tanto, nuestros papás aprendían a descargar cadenas con presentaciones de Power Point desde su correo electrónico con música en formato .midi, reflexiones escritas con Comic Sans en amarillo y advertencias de “casos reales“ sobre los peligros del satanismo en internet.

Lo cierto es que la evolución de la tecnología ha crecido de manera espectacular a tal grado que entre más grandes somos, más difícil nos es actualizarnos. Por eso es que los Smartphones fueron inicialmente dominados por adultos jóvenes.

A la generación de papás les tomó como dos años aprender a enviar mensajes de texto, cinco años utilizar redes sociales (Hi5 y Facebook casi exclusivamente) y alrededor de veinte años aprender a usar un dispositivo móvil como portal de información. Y ahora que lo lograron, instalaron whatsapp para enviar cadenas religiosas, reflexiones y advertencias sobre el satanismo en la internet.

La buena noticia es que contamos con el amor y la paciencia necesaria hacia nuestros padres como para soportar su extraño uso de la tecnología. Como yo, que le dije a mi mamá que si reenvía cadenas la van a reportar por Spam y cortarle el servicio.

Ahora no sé cómo hacerle para que no me deje en visto.


*Cuando alguien se convierte en abuelo se transforma en un ser suavecito y agradable al que se le olvidan todos los errores que cometió en su juventud porque ya crearon vida que crea más vida y pues, ¿cómo se supera eso?
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Hace unos meses fui de visita a mi pueblo natal, que queda a una hora de la capital de Chihuahua. No me había dado cuenta de todo el tiempo que había pasado desde la última vez que lo visité. Todo es diferente ahora, y no sólo la manera en que se ven las cosas, sino cómo se sienten. Las personas son diferentes, ya no sé dónde están los lugares a los que solía recurrir e incluso la manera en que mi familia me observa detenidamente me resulta casi alarmante.

La navidad pasada fue la última vez que vi a todos mis familiares juntos. Tuve que sentarme un rato a asimilar que mis primos pequeños dejaron de ser bebés hace un tiempo y que mis tíos ya no me hablan como a una mocosa, sino como a un adulto. Uno al que no conocen muy bien.

Fue hasta este fin de semana que me percaté de un par de cosas. La primera fue que todo cambia cuando estás distante. No sólo físicamente, sino en general. Todos los días hablo con mi mamá por teléfono. Me cuenta anécdotas del pueblo y sobre familiares lejanos a los que nunca puedo recordar. Pero no importa, pues lo importante es que escucho su voz y sé que está allí, a diez dígitos de distancia.

Sin embargo, al atravesar la puerta de la casa en la que crecí, me encontré con las mismas sonrisas y los mismos saludos cálidos que me vieron crecer y me convirtieron en la persona que soy. Excepto una. Fue cuando saludé a mi abuelo, que estaba sentado en su sitio de siempre, en la mesa de la cocina, frente a su plato de comida. Me acerqué a darle un beso y a preguntarle cómo estaba. Me miró con confusión por un instante, luego dijo de manera formal “¿Cómo le va?”. Mi mamá, que estaba en la habitación, le dijo en un tono más fuerte que se trataba de mí, su nieta. “Sí, sí”, dijo mi abuelo, pero no sabía quién era. Y mi corazón se partió en dos.

Es imposible dejar de sentir en el pecho esa nostalgia que nos recuerda que somos y siempre seremos parte de lo que nos hizo ser para empezar.

La última vez que había visto a mi abuelo, era el hombre enérgico de siempre, sin miedo a nada, contándome historias sobre su trabajo como taxista y sobre la gente a la que conoce. Recordé su peculiar forma de saludarme con un “¡Esa mija, qué milagro!” de meses anteriores y tuve que salir al patio a tomar aire.

Ese mismo día, más tarde, mi hermanita de ocho años que ahora tiene trece y nadie se molestó en avisarme, me comentó que le molestaba un poco mi manera de hablarle, como si estuviera pequeña. Segundo golpe al estómago. Caí en la cuenta de que dejé mi casa hace seis años sin molestarme en considerar que las cosas que dejé atrás también seguían su propio curso. Me di cuenta de que, efectivamente, trataba a mi hermana pre-adolescente como si fuera la niña pequeña que dejé cuando me fui de casa.

Imaginé entonces lo difícil que debe ser reconocerme para mis familiares y amigos del pasado. Lo diferentes que somos todos y lo duro que pega el tiempo cuando avanza con sigilo entre nosotros.

Más tarde recibí una llamada de mi mamá, contándome que mi abuelo está bien, pero se sentía algo enfermo. Dijo también que preguntó por mí y cuándo volvería. Dije que pronto, pero una parte de mí sabe que a quién él espera ya no existe. Y aunque él no vuelva a ver a la niña que vio crecer y se fue de pronto o yo no vuelva a ver a mi hermanita bebé porque crecimos y cambiamos, es imposible dejar de sentir en el pecho esa nostalgia que nos recuerda que somos y siempre seremos parte de lo que nos hizo ser para empezar. Y con todo y cambios, el lazo que nos une es indestructible.

Impreso en: La Crónica de Hoy
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Tendemos a llamarle libertad a la sensación de comodidad que nos brinda nuestra rutina diaria porque el sistema nos educó para crecer siguiendo un patrón de ideas y opiniones previamente estructuradas con la finalidad de que a su determinado tiempo las descubramos y pensemos que fueron creadas en nuestra mente.

A estas alturas, ellos saben que a México como al Roma de Juvenal: Panem et circenses. Se alimenta y se aplaude la ignorancia, pues saben que la única manera de mantener al pueblo andando para su conveniencia propia es abusando del populismo al que lo someten para ganar poder político. Lo que no saben es que tanto metafóricamente, como en la vida real, se les agota el combustible.

Sin querer hemos venido a caer en un constante estado de adormecimiento en el que cumplimos con las normas que alguien, hace mucho tiempo atrás, estableció para nosotros. Quizá inicialmente se trataba de conservar la calma entre aquellos que no se sentían capaces de hacerlo por sí mismos. Qué lástima que el fuerte terminó por condenar al débil a su custodia, poniéndolo a su disposición en busca de su beneficio propio y no del bien común.

Qué lástima que nos convenzan tan fácilmente de que somos débiles. Si abrimos un poco los ojos, podemos ver cómo en todas las instituciones abunda un sutil miedo que nos controla y nos acorrala hasta convencernos de que formar parte de ello fue nuestra elección. Tenemos un trabajo, aseguramos una vivienda, cumplimos con normas sociales que en este punto no tienen nada que ver con la estabilidad social o humana. ¿Por qué? Porque tenemos miedo de averiguar qué pasaría si un día decidiéramos no hacerlo.

Nos escupen nuestra dichosa libertad desde el balcón del piso más alto en el edificio de la sociedad funcional.

Se nos ha educado con diversos miedos disfrazados y se han alimentado con justificaciones cada vez más quiméricas. Nos roban, explotan y manipulan mientras Dios nos señala desde arriba con un huesudo dedo que indica que deberíamos estar arrepentidos desde el momento en el que nacemos porque existir nos hace culpables de acciones que aún no cometemos pero que, según el manual, cometeremos en algún punto.

Hemos visto y experimentado como sociedad las fallas en el sistema. Son obvias y ponen en evidencia su estructura obsoleta y su urgente necesidad de actualización. Lo vemos en los más de 36 millones de mexicanos sin hogar y en los 4.79 millones de analfabetas mayores de 15 años, por ejemplo. Y aun así parecería que la venda con la que se cubren los ojos del pueblo está más apretada que los skinny jeans de Kim Kardashian.

Así nos escupen nuestra dichosa libertad desde el balcón del piso más alto en el edificio de la sociedad funcional. Pero no importa, porque ya casi es domingo de comer barbacoa, ver La Voz México e ir a pedir perdón.

La solución radica en permitirnos despertar. Quizá no estamos listos como sociedad para funcionar por nuestros propios medios, pero siempre se puede comenzar desde abajo (como Oprah, no como Drake) y acatar nuestra responsabilidad de educarnos y aprender que la libertad va más allá de tener una tele nueva en la sala de la casa.

Publicado en: Omnia Noticias
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Cuando tienes que dejar la casa de tus papás a una edad relativamente temprana para poder continuar con tus estudios y darte la oportunidad de forjar tus sueños y perseguirlos, la escuela más grande es la de tener que sobrevivir por ti mismo.
Y no son sólo las primeras dos semanas en las que las lágrimas nocturnas son más comunes que las películas de Terminator en el canal 5. Es olvidarte de que tu mamá haga las cosas por ti y terminar un miércoles en la madrugada enfrentándote con una cucaracha tan grande que no sabes si matarla o adoptarla. La ropa sucia no está realmente sucia hasta la tercera o cuarta puesta y cuando finalmente tienes qué lavarla te das cuenta de que tu ropa blanca ahora es más bien rosita.

Pero lo importante de vivir solo es que te das cuenta de lo que es la soledad realmente. Te sientes Tom Hanks en Náufrago y empiezas a hablarle a las cosas. La realidad es que la experiencia te enseña a conocer al Wilson que vive dentro de ti: tú mismo.

Vas a entender quién eres en verdad. Te vas a sorprender siendo mucho menos ordenado de lo que creías y vas a descubrir que tienes talentos culinarios ocultos que jamás te hubieras imaginado. Vas a adoptar nuevos miedos y a olvidar otros cuantos. Te vas a aceptar como persona y vas a volver de Nunca Jamás para descubrir que acá también hay magia.

Después de un tiempo de no tener a tus papás para sobarte la pancita y hacerte té de manzanilla para curarte todos los males, te vuelves paranoico. Pero luego de un tiempo entiendes que ese extraño dolor de cabeza probablemente se deba a que estás en exámenes finales y no es un síntoma del cáncer cerebral que te sugiere Wikipedia. Aprendes que los sonidos nocturnos son reacciones a la temperatura sobre tus objetos, como también aprendes que de todas formas nunca dejarás de sospechar que posiblemente se trate de un fantasma.

Pero aunque ahora tienes que pagar la renta, la luz, el agua, el gas y las consecuencias, sabrás que estar todo el día en ropa interior, escuchar tu música favorita al volumen que te plazca, invitar a quién quieras cuándo quieras y sobre todo darte cuenta de que ser tú es mucho mejor de lo que pensabas hace diez años, vale cada dogo del Oxxo que te tienes que comer para sobrevivir al final de la quincena.

Publicado en: Omnia Noticias
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Dos viejas amigas de la secundaria se encontraron por casualidad en un supermercado, después de doce años de no saber nada la una de la otra. Una de ellas llevaba cargando una carriola dentro de la cual había un precioso bebé de unos 10 meses de edad, dormido. La otra llevaba un piercing en el lado derecho de su labio, un color de cabello distinto al que cubría su cabeza a los 14 años y un bajo eléctrico dentro de su estuche, colgando del hombro. Se miraron por unos segundos, luego su cara se contrajo en ese incómodo gesto inevitable que se forma cuando sabes que ya es demasiado tarde para fingir que no se vieron. “Hola”, dijeron ambas al unísono en un tono mucho más agudo de lo que normalmente suena su voz.

Después de unos cuántos “¿Cómo has estado?” y “Hace mucho que no te veía”, ambas se pusieron al tanto. Una de ellas, la que cargaba con un bebé, se había casado dos años atrás, vivía en una casa con su novio de la preparatoria, que ahora era su esposo. Había dejado la universidad para atender a su familia y estaba planeando abrir una tienda de cosméticos. Por su parte, la chica que cargaba con el bajo acababa de salir de una audición para una banda de rock alternativo bastante prometedora. Estaba estudiando en otra ciudad, pero truncó su carrera para aprovechar la oportunidad. Se abrazaron y se desearon éxito antes de despedirse sonriendo, dar la vuelta y seguir con su camino. “Pobre chica, está desperdiciando su vida”, pensaron ambas al salir del edificio. 
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