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Cuando descubrí que los programas y las películas se podían descargar de Internet, dejé de ver televisión. Pero antes de eso, crecí con la compañía de Clarissa lo Explica Todo, Oye Arnold, los Castores Cascarrabias, Kablam, Kenan y Kel, Doug y Pete&Pete, entre otros programas de Nickelodeon. En una ocasión visité la casa de mis papás y me senté con mi hermana pequeña a ver televisión. Me di cuenta de lo mucho que han cambiado los tiempos y de que todo lo que les venden a los niños ahora es básicamente basura, cuando de pronto mientras pasaban iCarly escuché de fondo “Running Away” de AM, un cantautor de Oklahoma que toca folk rock y que no era tan conocido como para aparecer en un programa infantil tan popular, así que corrí a preguntarle a Google para encontrarme con que el escritor y productor Dan Schneider no sólo estaba apoyando la escena alternativa actual, sino que se había encargado de poner en sus series (desde All That hasta iCarly, pasando por Kenan & Kel y Drake & Josh) música independiente que de manera inconsciente se clavó en la cabeza de miles de niños de esa generación.

Basta con desempolvar la mente y echarle un vistazo pequeño al pasado para descubrir claramente de dónde surgió nuestra generación. 

Buscando más profundo en las aguas del Internet, me encontré con Doug, el niño tímido de pantalones cortos que tenía un perro estereotípicamente inteligente y un mejor amigo azul. ¿Recuerdan a “The Beets” o “Los Idos”, en su versión en español? Bueno, pues ellos lo eran todo para los protagonistas, los podemos ver en más de un capítulo y sus canciones suenan en repetidas ocasiones durante la serie. La banda de cuatro integrantes era un obvio homenaje a dos grandes grupos del rock angloparlante: The Beatles y The Rolling Stones. En un popular episodio, siguiendo los pasos de sus ídolos, Doug y Tito intentan grabar una canción, hasta que su morada amiga Beebe, que es millonaria, les sugiere “pensar en grande”, demostrando a lo largo del capítulo la facilidad con la que la industria de la música puede distorsionar proyectos ricos en pasión para convertirlos en productos que se venden fácilmente. Por ello ese resentimiento ante la música comercial es algo que perdura en muchos hasta la fecha.

Pasando de la nostalgia, me encontré con un episodio de Pete & Pete en algún rincón del Internet, una serie sobre dos hermanos pelirrojos de diferentes edades que llevan el mismo nombre, poniendo en evidencia la excentricidad de su familia. Recuerdo lo mucho que me entretenía viendo un episodio tras otro, tras otro, tras otro en los maratones de fin de semana. Es ahora que me detengo a reflexionar en cómo esta fue una de las series que contaban con un amplio repertorio de música independiente. Comenzando con el tema principal del programa, “Hey Sandy”, canción de un grupo de indie rock llamado Polaris, que colaboró para la serie en varias ocasiones. Además, cada de vez en cuando hacían cameos a grandes como Iggy Pop, Debbie Harry y Richard Edson, el primer baterista de la banda neoyorquina Sonic Youth. La dirección que le daban a la serie hacia una escena noventera alternativa era bastante evidente.

Basta con desempolvar la mente y echarle un vistazo pequeño al pasado para descubrir claramente de dónde surgió nuestra generación. Por eso a pesar de que la industria cayera años más tarde en manos de alguna Beebe millonaria, se agradecen los viejos buenos tiempos.

Publicado en: La crónica de Hoy
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Dos personas importantes en mi vida, en situaciones completamente ajenas entre sí, me señalaron que debo dejar de experimentar con la mente de la gente. En ambas ocasiones, cada una de ellas estaban resentidas conmigo, seguramente por buenas razones.

Una de las dos me dijo que llevo a las personas hasta su límite, lo cual me puso a pensar en diversas ocasiones en las que, de hecho, he empujado a personas hasta su límite con la intención de demostrarles que pueden llevarlo más lejos, sin lograr otra cosa que alejarlos de mí. No sé si mi “condición” de maestra me haya llevado a ello, o si es simplemente algo que hago sin percatarme.

A pesar de que no me formé en una carrera de psicología, le he dedicado horas a educarme en el tema de la mente. Es inevitable cuando decides adentrarte en la búsqueda de respuestas que no tienes, no sólo sobre tu entorno, sino sobre las reacciones que este provoca. Entre esas cosas, están los individuos como tal.

Cuando era niña y me molestaba por situaciones que no podía cambiar, como la guerra o el hambre, siempre lo adjudicaba a la gente y me negaba a aceptarme como parte de la misma. Mi madrina me explicó que no todas las personas son malas, es sólo que toman malas decisiones a lo largo de su vida que los orilla a cometer errores. No estando conforme del todo con la información, separé a la humanidad en dos grupos: “las personas”, que son los humanos en general; y “la gente”, que eran aquellas personas que sabían que estaban actuando mal, pero lo seguían haciendo. Ahora que lo pienso, supongo que con “gente” me refería a las fallas en la sociedad.

Me dediqué entonces a no ser parte de “la gente” a una edad muy temprana y sin tener en claro el porqué de mi inquietud hacia ello. Desde que tengo memoria, escuchaba constantemente a mi papá hablar sobre política, corrupción e injusticias, temas sobre los que discutíamos de vez en cuando antes de ir a dormir. A los 12 años mi papá me había contado toda la historia sobre la segunda guerra mundial y me había pedido decidir si en realidad Hitler estaba en un error. Su intención era llevarme a formar un criterio propio, espero.

En torno a las preguntas que le hacía y las respuestas que esperaba o conclusiones a las que llegaba sobre temas específicos, mi papá me llamó Maquiavélica desde que tenía ocho años. Inicialmente me molestaba, pues sonaba feo y malvado, especialmente cuando había decidido dedicarle mi vida a ser diferente a la gente y hacer algo mejor por el planeta. Tenía una idea muy clara sobre lo que era correcto y lo que no y condenaba a todas las personas que opinaban diferente. Luego crecí para aceptar mi condición de malvada y mi misión de cambiarla.


El mejor escenario sería el de aceptar que nada es absoluto, incluyendo la percepción individual sobre “el bien” y “el mal”.

En respuesta al contraste de crecer creyendo ser malvada y tener unas intenciones tan fuertes de que las cosas estuvieran bien, surgió en mí una obsesión por hacer entender a la gente mi concepto del bien y el mal, porque en mi cabeza era absoluto. No era diferente a los fanáticos religiosos que cruzan la línea del respeto que yo tanto critico. Yo había cruzado esa la línea en la búsqueda de una sociedad utópica. Y en mi frustración, me encontré a mí misma.

El mejor escenario sería el de aceptar que nada es absoluto, incluyendo la percepción individual sobre “el bien” y “el mal”. Pero eso no me da las respuestas que busco. Se me ocurre que los ocho años es una edad muy temprana para decirle a un niño lo que es. Dile que es un genio y crecerá para serlo, dile que es un idiota y las probabilidades apuntan a que lo sea. A mí me dijeron que era malvada. Y esa parte de mí que aún lo cree, lucha contra ello. Soy mi principal obstáculo en la búsqueda de esa verdad única en la que no puede existir el mal. Y es terriblemente agotador. Para mí y para quienes me rodean.

Sin embargo, darse cuenta de una situación a tiempo es el primer paso para cambiarla. “El tiempo puede re-escribirse”, escuché por ahí. Y no significa rendirse, significa aprender. Lo cierto es que todos tenemos un largo camino por recorrer. Quizá sólo ando por ahí observando, haciendo anotaciones, experimentando, pagando el precio y justificando mis medios con mi finalidad. Quizá aún no encuentro la respuesta que busco, pero confío en que un día voy a saber cómo formular la pregunta.

Impreso en: La Crónica de Hoy


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“El producto más peligroso de cualquier sociedad es un hombre que no tiene nada que perder”. 
—James Baldwin.

Debería ser momento de que en las empresas y en la sociedad en general las personas comenzaran al menos a cuestionarse por qué las acciones no están generando los resultados esperados, por el contrario, tienden a resultar en caos e inconformidad. Es tiempo de dejar de asumir que es nuestra responsabilidad adaptarnos a nuestro entorno, cuando este sólo logra privarnos de la motivación para adaptar nuestro entorno no sólo a nosotros, sino a una mejora y un cambio que dé resultados realmente funcionales.

El problema no es en sí la falta de interés, el interés está. El problema es que no definimos metas, no somos objetivos y, especialmente, no proponemos. A pesar de ello, vivimos con la idea de que tenemos la autoridad de manifestar el hecho de percatarnos de las fallas en el sistema, como si no las estuviéramos alimentando. La aceptación es el primer paso, así que debemos aceptar que somos parte del problema nos guste o no. La buena noticia es que estamos a tiempo de decidir ser parte de la solución.

Casi el 90% de la población global muere habiendo estado inconforme con su vida. Si todos estamos molestos con nuestro entorno, ¿por qué hemos de adaptarnos a él, entonces? ¿Por qué no romper el tabú y dejar de llamarle “rebeldía” a las nuevas propuestas de organización social?

A las nuevas generaciones, por ejemplo, les es menos atractivo el sedentarismo y han desarrollado cierta repulsión hacia la rutina. Esto se debe a que el mundo debe moverse para avanzar. La tecnología y los medios de comunicación dieron más de un giro entero en los últimos dos años. Pretender que debemos actuar de la misma manera en que lo hacían las sociedades de hace dos siglos es ridículo. Los que tienen el control ahora están aterrados, por ello nos someten a protocolos que, en el fondo, son para recordarnos cuál es nuestro lugar y que en él la libertad no cabe. Dígase uniformes, discursos protocolarios, horarios fijos o pautas de comportamiento. Me he demostrado a mí misma que la calidad de mi trabajo mejora cuando se me da libertad de proponer, pues estoy dispuesta a aprender y mejorar. ¿De verdad necesitan tenernos atados hasta el cuello? ¿A qué le tienen tanto miedo? ¿Quién les hizo tanto daño?

Esta situación crea una eterna guerra contra nosotros mismos y nuestro miedo al cambio y nuestra cultura, que nos dice que hay que tener los pies bien puestos sobre la tierra. Es más, deben estar bien pegados y que no se vayan a mover, que luego hay consecuencias. Volar a un lugar nuevo y proponer un estilo de vida alternativo, por ejemplo. Qué horror.

El 2014 fue el año que ha registrado más profesionistas desempleados. Las generaciones de profesionistas pasadas se sorprenden y se preguntan lo que cambió. Lo que no entienden es que para la mayoría de nosotros, la idea de entrar en un círculo rutinario que sólo prometa un servicio de salud y un salario fijo no es sinónimo de bienestar o seguridad.

Son tiempos nuevos y sabemos que hay más por hacer que ponerse camisas apretadas, corbatas y someterse a los de arriba para alcanzar a tener una vida promedio. La realidad es que las personas mediocres se están extinguiendo y el sistema está cambiando. Lo cual es bueno para todos, excepto para los que se beneficiaban de ello: los burócratas. ¿Y qué creen? Ya no les tenemos miedo.

Necesitamos proponer maneras de funcionar en sociedad sin tener que sacrificar nuestra libertad. 

Sintiéndome así, hace unos días le pregunté a un amigo la diferencia entre estar en tus veintes y estar en tus treintas, pues no descarto la idea de que quizá mi formación está en proceso aún y estoy luchando contra la inevitable conversión en robot humanoide por la que tengo que pasar para no morir de hambre. Quería saber si con los años el sistema termina por aplastarte, porque muchos adultos me han amenazado con ello. Sin embargo, mi amigo me contó cómo él es libre y todo es cuestión de prioridades. Me sentí bien de saber que es probable que a los treinta no me muera de vergüenza de haber tenido 25, como me pasa ahora cuando recuerdo mi temprana adolescencia.

Aun así, la contrariedad persiste, pues no hemos logrado definir cuáles son los problemas específicos que deben ser erradicados. Es increíble que a estas alturas de la humanidad sigamos combatiendo el racismo, el abuso de poder, el patriarcado, la discriminación y la violencia. ¿Dónde está el progreso? Es que estoy chaparrita y los conservadores no me dejan ver.

Necesitamos proponer maneras de funcionar en sociedad sin tener que sacrificar nuestra libertad. Aumentar los niveles de calidad en nuestras acciones y tomar riesgos, en lugar de cometer los mismos errores una y otra vez a pesar de que ya sabemos cuáles son los resultados. Que se limiten los recursos, pero nunca las ideas.

Mi propuesta empieza por aprender a aceptar que de hecho hay un problema, escuchar opiniones e identificar situaciones de riesgo. Porque somos más fuertes que ellos y ya que el mundo se está acabando, nos estamos convirtiendo en ese hombre que no tiene nada que perder.

Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hoy una de las increíblemente molestas voces de Spotify me dio instrucciones de cómo ocultar lo que estoy escuchando de mis amigos de Facebook para poder disfrutar de mis gustos culposos, cosa que me hubiera servido aquél día en el que escuché como 3 discos completos de Glee de una sentada. O esa vez en que pusieron cumbias para bailar desde mi cuenta.

En una ocasión me metí a una cuenta diferente de Netflix para que ninguno de mis amigos con los que lo comparto supieran que estaba viendo películas de Julia Roberts y asumieran que ya llevaba por lo menos medio litro de nieve de chocolate o que no había dejado de llorar por horas ya que no pude pasar el nivel del templo del agua en Zelda sin lastimarme el dedo porque nadie me enseñó a usar un control de Nintendo 64 por ser niña. Estúpido patriarcado. Uno no quiere que se enteren de esas cosas.

Luego pensé en lo ridículo que es. Mi mejor amigo siempre me critica por ocultar mis gustos culposos. Pero, ¿por qué son culposos? Generalmente son cosas que nos gustan a un nivel tan personal que no esperamos que los demás entiendan y, ultimadamente, no tendríamos por qué explicarles. Es común asumir que no se cuenta con la confianza suficiente hacia las demás personas para que conozcan nuestro lado más vulnerable. De hecho, eso es exactamente lo que es. Porque todos, o la mayoría de nosotros, tenemos gustos tan intensos y difíciles de explicar que optamos por no hacerlo. ¿Qué hay de malo en buscar un poco de privacidad en este mundo de exhibicionismo en el que nos tocó vivir? Ah, pero aquellos que se atreven a compartirlo, son atacados hasta quedar enterrados dos metros bajo tierra, mínimo. “¿Cómo se atrevió a ponerse eso?” “¿Quién ve eso?” “¿Taylor Swift? Pff. Basic bitch.” En el fondo lo hacemos porque sabemos que son cosas que nosotros no nos atrevemos a hacer en público. Generalmente por buenas razones.

En nuestra sociedad todo el mundo está a la defensiva, esperando a ver la oportunidad de atacar para no ser atacados. 

¿De dónde viene esa necesidad de no tener gustos comunes? ¿Nos hace ver débiles por caer en el consumismo que tanto buscamos combatir? Por favor. Díganme quién produce su serie favorita y cuánto tiempo lleva en Vevo esa banda que tanto les gusta desde 2008 y luego hablamos de consumismo.

En nuestra sociedad todo el mundo está a la defensiva, esperando a ver la oportunidad de atacar para no ser atacados. Y que no se nos ocurra ver reallity shows si no es irónicamente, porque es un nuevo pecado capital. Así le hago yo cuando voy por la segunda orden de taquitos: es irónico, lo juro.

Otro de mis gustos culposos incluye, por ejemplo, cocinar en ropa interior mientras escucho las canciones de Avril Lavigne de antes de que fuera estrella de J-Pop y no por eso ando por ahí enseñándole a todo el mundo. (De nada.)

Sencillamente hay cosas que son privadas. Como el tiempo que pasamos husmeando en el perfil de Facebook de otras personas, las sesiones de selfies en el baño o nuestra imitación de Beyoncé bailando Single Ladies. Todo lo demás es patrimonio de la humanidad. Por eso los gustos culposos deberían ser simplemente gustos personales. A menos que encontremos placer en la culpa. De ser así, evitemos involucrar a terceros (porque hay diferencia entre un crimen y un placer culposo, lo crean o no) y subirle al volumen porque pues, ¿qué importa? En cien años todos vamos a estar súper muertos.


Y qué bueno, porque qué oso eso de estar vivos como todos los demás.
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Ya son las 11:00 y a penas terminaste de alistarte de mala gana. Después de cambiar de ropa quince veces aceptas el hecho de que nada te va a quedar bien, así que te pones lo primero que habías elegido. También es un mal día para tener cabello en general. Gracias, Ley de Murphy.

Te sudan las manos y no sabes por qué. Por un lado, acaban de subir nuevos capítulos de tu serie favorita a Netflix y ese siempre va a ser un mejor plan que salir de casa. Pero una parte de ti te grita que lo hagas, parecería que hace años que no interactúas con una persona fuera de una pantalla. Empiezas a sentir un cosquilleo en el estómago, como de mal presentimiento. Tu amiga te dijo que la fiesta a la que van es tranquila y que todos son buena onda. Primera señal para desconfiar.

Una vez que estás entrando a la casa desconocida, tu corazón comienza a latir con fuerza, te topas caras conocidos pero no recuerdas ningún nombre y empiezas a temblar sin razón aparente. A lo lejos sientes que alguien te mira. Volteas. Es un extraño pero tu cabeza ya te está gritando que algo no está bien. Lo sabías. Ya estás ondeada y el resto de la noche se va a pasar entre ir al baño a respirar profundamente y responderle a tu amiga que “estás bien” cada dos minutos. Te preguntas qué va a pasar en la serie a la que dejaste abandonada en casa y no puedes esperar a que llegue el momento de partir.

Vivir con ansiedad social es un problema psicológico tan común que tiene un apodo. Decimos que estamos “ondeados” cuando nos sentimos fuera de lugar en una situación o momento específicos. Basta con que el día comience mal para desatar una cadena que va a terminar alrededor de nuestro cuello al final de la noche si la dejamos construirse. Sabemos las cosas que nos ondean, desde las personas que nos hablan muy de cerca, hasta la forma de hablar de algún comentarista de la televisión. Simplemente son cosas que nos causan ansiedad.

Somos una generación muy creativa e innovadora, pero al mismo tiempo solíamos ser niños mimados y asustadizos a los que sobreprotegían sus papás.

La ansiedad es un “estado mental que se caracteriza por una gran inquietud, una intensa excitación y una extrema inseguridad”. Deberíamos plantearnos porqué se ha vuelto tan común el hecho de sufrir ansiedad de una manera constante. Hace unos años se hablaba de niños sufriendo de estrés. Comenzaron a tomar el tema con más seriedad y a aceptarlo como una condición psicológica, pero no se hizo nada significativo al respecto. Ahora esos niños estresados somos adultos y estamos todos ondeados.

Vivimos en un constante estado de alerta, pues crecimos en un mundo peligroso. Somos una generación muy creativa e innovadora, pero al mismo tiempo solíamos ser niños mimados y asustadizos a los que sobreprotegían sus papás. Las consecuencias en la vida adulta es tener miedos irracionales y un nivel de fobia social impresionante.

Si bien es cierto que necesitamos la ansiedad cuando funciona como mecanismo de alerta, no necesitamos ninguno de los trastornos que ella produce. Existen además riesgos a largo plazo de padecer enfermedades cardiovasculares, neurológicas y pulmonares tanto como a corto plazo como dolor de cabeza recurrente, mareos y vértigos, problemas gastrointestinales, hipertensión, insomnio, dolores musculares y fatiga crónica, entre otros. ¿Les ondea? Exacto.

Por eso, si queremos vivir los 65 años que la esperanza de vida promedio le promete a nuestra generación, más nos valdría empezar a respirar lentamente y considerar un análisis psicológico.

“No vaya a ser.”

 Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hace unos días, estaba viendo Doctor Who y capítulos viejos de The Twilight Zone. Más tarde, aún con la ciencia ficción en la mente, me puse a leer sobre el espacio, el tiempo y la materia. Para cuando fue hora de ir a la cama, mi mente estaba sobrecargada con posibilidades. Desde que vivo sola, tengo que hablar conmigo misma de vez en cuando para llegar a una decisión o conclusión. Generalmente soy una persona razonable, o me gusta pensar que lo soy. Al menos conmigo misma. Pero no esa noche.

Como de costumbre, el cambio de temperatura durante el día estaba haciendo crujir mis muebles, ¿o acaso era algo más? La verdad es que no podía probarlo. Como la adulta razonable que soy, me levanté de un salto y prendí la luz, mirando a mí alrededor para asegurarme de que no se tratara de algo indetectable ante la luz e imperceptible para mi visión a penas humana. Me reí de mi misma, prendí la tele para calmarme los nervios y me recosté sobre mi espalda, tratando de recordar la última vez que había tenido ese tipo de miedo.

Cuando era niña, no podía dormir porque no podía comprender ciertas cosas como de dónde venían los bebés. La historia de las abejitas y las florecitas no era suficiente para mí. ¿Por qué los humanos podían hacer más humanos? No tenía sentido. Sin embargo, los ruidos en la noche, el color azul del cielo y por qué la tele se apagaba sin tener qué tocarla directamente, eran preguntas para las cuáles conseguí respuesta. ¿Por qué estaba cuestionándome ahora si los crujidos de los muebles de verdad eran contracciones debidos a la temperatura? ¿Quién me dio la autoridad de negarle la posibilidad a un ser fantástico de otra dimensión? ¿La cordura? Bullshit.

Si continuamos creyendo todo lo que leemos y escuchamos sin ser capaces de cuestionarlo y analizarlo por nuestra cuenta, no habrá ninguna diferencia entre lo real y lo ficticio.

Estamos tan acostumbrados a creer todo lo que nos dicen, que perdemos nuestro propio criterio. Nos creemos que Pancho Villa era un absoluto héroe, mientras que Porfirio Díaz era un completo villano. Incluso ahora, habiendo leído otras versiones sobre la historia de México y sabiendo que todos los héroes nacionales eran en más bien villanos o antihéroes, el nombre “Porfirio” sigue provocándome el miedo subconsciente que sugerían los libros de la SEP y la manera en que alguna maestra impartía la clase de manera arbitraria cuando se refería a la historia porque así se lo exigía el gobierno en turno. Sé que es así porque hice una carrera en educación primaria y no me quedé ahí debido a ello.

Si continuamos creyendo todo lo que leemos y escuchamos sin ser capaces de cuestionarlo y analizarlo por nuestra cuenta, no habrá ninguna diferencia entre lo real y lo ficticio. Como las creencias populares de que los humanos tan sólo utilizamos el 17% de nuestra capacidad cerebral o que Einstein era malo en matemáticas. Si lo piensan, es ridículo. Estas y otras afirmaciones son tan ciertas como la historia de la chica que bailó con el diablo. De hecho, es menos cierto, pues los estudios pueden fácilmente desmentirlo. Pero nadie puede desmentir a todas las abuelitas mexicanas juntas. Los reto a que lo intenten, científicos.

Al final de día, me alegra estar entrando a mi vida adulta sin haber perdido la capacidad de dudar que los ruidos en la noche se tratan de algo inexplicable. Porque las mejores cosas de la vida son aquellas que no se pueden explicar. La vida misma, por ejemplo.

Impreso en: La Cronica de Hoy
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Cuando tenía unos siete años estaba en un instituto de danza. Siempre fui algo torpe incluso para caminar, ya que mis pies estaban chuecos y utilizaba zapatos ortopédicos. Un día, sin darle mucha importancia, mi papá se burló de mi peso mientras bailaba, refiriéndose a mí como a un marranito. Desde entonces bailar dejó de ser una diversión y se convirtió en una terrible obligación humillante.

En otra ocasión, estando en casa, practicaba mi rutina, la cual implicaba correr. Al verme, mi papá se burló de mí frente a sus amigos y me pidió detenerme, explicando que me veía mal porque corría como una vaca en dos piernas. Hasta la fecha me es imposible correr sin recordar que parezco una vaca.

Cuando cumplí trece años mi papá me dejó muy en claro que si no dejaba de comer de la manera en que lo hacía, iba a ser muy tarde para mí en el futuro. Mi solución era esconderme para comer cada vez que mi papá estaba en casa. La comida era algo prohibido y la escondía como los niños escondían sus libros de Ciencias Naturales de quinto año.

Un par de años después, mi papá me dijo que nadie me querría por ser gorda. Me contó cómo en una ocasión una muchacha muy linda y de buen corazón se acercó a él en un baile, pero la rechazó por estar un poco pasada de peso. Desde entonces estoy predispuesta al rechazo. Gracias por el dato, Sigmund Freud.

Crecí convencida de que todos mis problemas giraban en torno a ser gorda. No me tenía permitido bailar, correr, brincar o hacer movimientos rápidos. Mi ropa era siempre más grande que yo en el intento de no sentirme tan mal. Cuando el hecho de que no era una niña delgada se convirtió en los gritos entre mis papás, supe que todo era mi culpa, así que dejé de comer.

Por el 2006 y sin tener muchos amigos en la vida real ya que era gorda y asumía que nadie me quería cerca, me refugié en Internet, donde encontré un montón de foros que se predominaban “Pro-Ana” y “Pro-Mía” y apoyaban la Anorexia y la Bulimia. En los foros un montón de usuarios, en su mayoría chicas de todos los lugares del mundo, intercambiaban tips sobre cómo soportar el hambre, cuáles eran los alimentos más fáciles para vomitar, cómo ocultarse de los padres y finalmente, cómo morir. Me apasioné con el tema. Toda mi vida giraba en torno a la comida y a la ausencia de ella. Mi mente se distorsionó de una manera catastrófica con la que hasta la fecha sigo luchando. Descubrí que cuando no comía, no sólo solucionaba todos los problemas a mi alrededor, sino que también tenía el control de mi vida. Por primera vez tenía el control total.

Me aislé en un mundo de fantasía en el que todo lo que existía era Internet, libros y películas.

No consideré el hecho de estar enferma nunca, ya que a pesar de los 21 kilos que perdí en unos cuántos meses, junto con mi cabello, mi vida social y mi ya baja autoestima, me seguía viendo y sintiendo gorda. Dejé de permitir que las personas entraran en mi vida, incluida mi familia. Me aislé en un mundo de fantasía en el que todo lo que existía era Internet, libros y películas. Mis amigos eran invisibles y perdí a un par que se quitó la vida en el proceso.

Mis papás nunca se dieron cuenta. Por el contrario, me felicitaban por cuidarme mejor. Y yo sentía que era mejor que todos, pues podía lograr lo imposible sin que nadie lo notara. La verdad es que el dolor que me estaba carcomiendo por dentro es aún indescriptible. Y no me refiero a la sensación hueca en el estómago que te obliga a doblarte por completo, al dolor constante en los huesos, al frío y hormigueo en las extremidades, a la migraña o a la pérdida del cabello. Me refiero al hecho de saber que en el fondo todo ello sólo era un problema creciente disfrazado de solución. No quería estar sola, pero mucho menos acompañada. Quería irme, pero no quería llegar a ninguna parte.

Al crecer, disfrutaba superficialmente los insultos que involucraban a mi peso, porque eran un motivo más para arrancarme la piel y sentir ese delicioso dolor físico que probaba que seguía viva.

Cuando comencé a vivir sola las cosas se volvieron más sencillas. En mi refrigerador había una botella grande de Coca Cola light: mi desayuno, comida y cena.

Obviamente no salía y no hablaba con nadie, ¿para qué molestarlos? Me había convencido de que era una molestia para las personas. Los pocos amigos que había tenido se habían alejado lo más pronto posible y yo lo asumía a mi físico, claro.

Un día descubrí que ya no era del todo gorda, aunque mi cabeza no lo entendía. Así como no entendía ver a otras chicas con sobrepeso siendo felices, teniendo amigos o novios. Me era imposible asimilar que eso fuera natural. Asumía que las personas que se acercaban a mí lo hacían para pedirme algo. Mi manera de hacer amigos se convirtió en obsequiarles cosas o hacer cosas por ellos. De otra forma, ¿para qué se quedarían?

Crecí con una concepción errónea sobre la amistad y las relaciones sociales. Guardé en el fondo de mi ser un odio irracional hacia la sociedad y las personas que la conformaban. Decidí no ser como ellas y me dediqué a no cometer ningún error fuera de mi error nato: ser gorda. Aprendí, sin embargo, a aceptar el mal trato de las personas hacia mí. Me relacionaba únicamente con personas que se aprovechaban de mí y alimentaban mi enferma percepción sobre la sociedad. Era mi nueva forma de hacerme daño.

El concepto de “confianza” nunca se formó en mi persona, por lo que aún vivo constantemente a la defensiva y alejando a toda persona que pretenda involucrarse conmigo. Cuando alcancé mi “peso ideal” y las personas lo reconocían, lo agradecía, luego me encerraba a limpiarme las lágrimas, pues estaba convencida de que en el fondo sólo se estaban burlando. Me había vuelto loca. Y lo sabía.

Al día de hoy, me molesta ver cómo las campañas contra la Anorexia están dirigidas específicamente a personas en fase terminal, cuando la verdad es que es una enfermedad que afecta a casi el 90% de las personas de entre 12 y 27 años. Y si no se corrige a tiempo, el resultado puede ser fatal.

Podría llamarme sobreviviente, de no ser por la enorme cantidad de personas importantes que he perdido en mi vida por asumir que soy una carga y que mi valor es inversamente proporcional a mi peso. Es algo de lo que nade habla porque además de vergonzoso, es contradictorio. Cuando no terminas con tu vida, sólo la conviertes en una compensación de la misma. Te obsesionas contigo y con el impacto de las demás personas hacia ti. Te olvidas de que los demás son individuos además de ti y crees que están esperando el momento de hacerte daño.

Lamentablemente, en mi experiencia eso es lo que sucede la mayor parte del tiempo. Creo que el primer paso es aceptarlo para poder hacer algo al respecto. El segundo es querer hacer algo al respecto. Supongo que debo trabajar en el segundo, o nunca averiguaré cuál es el tercero.

Quizá yo no estoy lista. Pero se supone que todo tiene solución y esto no tiene nada que ver con el peso corporal. Por ello, de sentirse así, busquen información y ayúdense. Que la vida es muy linda cuando se es libre. O eso es lo que me han contado.

Impreso en: La Crónica de Hoy
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Tendemos a llamarle libertad a la sensación de comodidad que nos brinda nuestra rutina diaria porque el sistema nos educó para crecer siguiendo un patrón de ideas y opiniones previamente estructuradas con la finalidad de que a su determinado tiempo las descubramos y pensemos que fueron creadas en nuestra mente.

A estas alturas, ellos saben que a México como al Roma de Juvenal: Panem et circenses. Se alimenta y se aplaude la ignorancia, pues saben que la única manera de mantener al pueblo andando para su conveniencia propia es abusando del populismo al que lo someten para ganar poder político. Lo que no saben es que tanto metafóricamente, como en la vida real, se les agota el combustible.

Sin querer hemos venido a caer en un constante estado de adormecimiento en el que cumplimos con las normas que alguien, hace mucho tiempo atrás, estableció para nosotros. Quizá inicialmente se trataba de conservar la calma entre aquellos que no se sentían capaces de hacerlo por sí mismos. Qué lástima que el fuerte terminó por condenar al débil a su custodia, poniéndolo a su disposición en busca de su beneficio propio y no del bien común.

Qué lástima que nos convenzan tan fácilmente de que somos débiles. Si abrimos un poco los ojos, podemos ver cómo en todas las instituciones abunda un sutil miedo que nos controla y nos acorrala hasta convencernos de que formar parte de ello fue nuestra elección. Tenemos un trabajo, aseguramos una vivienda, cumplimos con normas sociales que en este punto no tienen nada que ver con la estabilidad social o humana. ¿Por qué? Porque tenemos miedo de averiguar qué pasaría si un día decidiéramos no hacerlo.

Nos escupen nuestra dichosa libertad desde el balcón del piso más alto en el edificio de la sociedad funcional.

Se nos ha educado con diversos miedos disfrazados y se han alimentado con justificaciones cada vez más quiméricas. Nos roban, explotan y manipulan mientras Dios nos señala desde arriba con un huesudo dedo que indica que deberíamos estar arrepentidos desde el momento en el que nacemos porque existir nos hace culpables de acciones que aún no cometemos pero que, según el manual, cometeremos en algún punto.

Hemos visto y experimentado como sociedad las fallas en el sistema. Son obvias y ponen en evidencia su estructura obsoleta y su urgente necesidad de actualización. Lo vemos en los más de 36 millones de mexicanos sin hogar y en los 4.79 millones de analfabetas mayores de 15 años, por ejemplo. Y aun así parecería que la venda con la que se cubren los ojos del pueblo está más apretada que los skinny jeans de Kim Kardashian.

Así nos escupen nuestra dichosa libertad desde el balcón del piso más alto en el edificio de la sociedad funcional. Pero no importa, porque ya casi es domingo de comer barbacoa, ver La Voz México e ir a pedir perdón.

La solución radica en permitirnos despertar. Quizá no estamos listos como sociedad para funcionar por nuestros propios medios, pero siempre se puede comenzar desde abajo (como Oprah, no como Drake) y acatar nuestra responsabilidad de educarnos y aprender que la libertad va más allá de tener una tele nueva en la sala de la casa.

Publicado en: Omnia Noticias
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—Dígame una última cosa, profesor -pidió Harry-. ¿Esto es real? ¿O está pasando sólo dentro de mi cabeza?
—Claro que está pasando dentro de tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar eso que no es real?


Cuando tenía seis años, mi papá nos sentó a mi hermano bebé y a mí y comenzó a leernos una historia. El libro que tenía en las manos se llamaba “Lazarillo de Tormes”. Nos leyó un capítulo entero, luego cerró el libro prometiendo el capítulo siguiente para otro día. Para el final del capítulo yo estaba enganchada con la historia. Había viajado a un lugar que no había visto jamás y aun así casi podía tocarlo y oler la humedad de las calles que describían sus páginas. Me rehusé a esperar y tomé el libro. Me adentré en una aventura sin moverme de mi sitio y lo terminé esa misma noche.

Siendo la hermana mayor, mi socialización inicial fue exclusivamente con adultos o personajes ficticios que conocía en libros o programas de televisión. Los niños de verdad me resultaban tontos, así que mis amigos vivían en el viejo librero blanco de la casa de mis abuelos. De vez en cuándo se salían y se convertían en mis amigos imaginarios, resultando en tías políticas asustadas que no dejaban a mis primos jugar conmigo, la niña loca.

Con el tiempo, dichos amigos imaginarios se convirtieron en historias entre mis familiares sobre fantasmas y todo tipo de criaturas mágicas y enfermedades mentales. La verdad es que para ese entonces muchos adultos me resultaban incluso más tontos que los niños.

Con el tiempo, creces y tienes que aprender a socializar con personas de verdad, cosa que nunca resultó del todo bien conmigo. Prefería a los personajes ficticios. A los once años, mis mejores amigos eran Harry, Ron y Hermione. Más tarde conocí también a las personas que los interpretaban en las películas y los convertí en mis ídolos. Descubrí que me era más fácil relacionarme con esas personas a las que no podía llegar físicamente, que a las que tenía a mí alrededor.

A este tipo de relación, en la que sentimos que conocemos e incluso queremos a una persona que si bien no es real o no nos conoce, como es el caso de alguna celebridad o personaje histórico, se le llama “parasocial”, término dado por los psicólogos Donald Horton y Richard Wohl en 1956 a la relación platónica que las personas creaban con personajes ficticios y figuras políticas. Así que desde la abuela eternamente enamorada de Pedro Infante hasta el vecinito que jura que Peter Parker es su mejor amigo, esta situación no es para nada ficticia.

Quizá la falta de interés en aprender a relacionarnos con personas reales es directamente proporcional a la manera en que formamos nuestras relaciones parasociales.

Este tipo de relaciones se dan cuando sentimos confianza y hasta cierto nivel complicidad con dicho personaje. Conocemos su historia y sentimos lo que ellos sienten. Basta con decir que lloro mucho más cuando leo el capítulo en el que muere el profesor Snape en Harry Potter que cuando lo hace algún familiar lejano al que no recuerdo. A pesar de que uno es real y el otro no. Nos involucramos tanto con su vida que la sentimos propia. Sabemos por lo que han pasado, los sacrificios que han hecho y el proceso que han atravesado con una meta en específico. Hemos sentido sus alegrías, sus tristezas y compartido sus historias. Y hemos aprendido sus lecciones.

Esta actitud automática en la que nuestras sensaciones son reales a pesar de estar conscientes de que las situaciones no lo son, fue llamada “Alief” por la profesora en filosofía Tamar Gendler. Esto explica por qué lloramos tanto al final de Toy Story 3 o sentimos mariposas en el estómago cada vez que vemos a Cory y Topanga juntos.

Hoy en día sucede también con las celebridades, pues con acceso a las redes sociales nos es sencillo acceder a su información, ver y leer sus actividades diarias y vivir su historia. Por otro lado, muchos optamos por compartir la nuestra de la misma manera, quizá con el propósito de que alguien allá afuera logre involucrarse sin llegar a hacerlo físicamente. Y somos muchísimos. De hecho, la cantidad de personas que prefieren relaciones parasociales sobre las relaciones sociales está subestimada.

Quizá la falta de interés en aprender a relacionarnos con personas reales es directamente proporcional a la manera en que formamos nuestras relaciones parasociales. Quizá por eso nos hemos convertido en una generación que socializa a través de una pantalla. Nos hemos vuelto personajes ficticios. Por mi parte y sin titubear, puedo afirmar que he pasado al menos una cuarta parte de mi vida viviendo en un mundo ficticio. Hasta la fecha cada vez que tengo que enfrentar un problema, leo un libro y recuerdo que pase lo que pase afuera, mis amigos imaginarios van a seguir ahí, plasmados en papel. Al crecer aprendes a diferenciar entre ambas realidades y a aplicar lo que aprendiste en una para funcionar en la otra. Y es eso lo que lo vuelve real.

Publicado en: La Crónica de Hoy
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blog de estilo
Foto por Ángel Cervantes

A veces me gusta imaginar que mi vida es una serie de televisión que se separa por temporadas, con personajes constantes, otros cuantos temporales y otros que hacen una aparición y luego desaparecen para siempre. Incluso me gusta pensar en el soundtrack de cada temporada. La parte difícil es cuando dicho soundtrack se pone lento y acústico indicando que el final de una temporada se acerca.

Muchas personas tenemos tendencia a temerle al cambio, especialmente cuando estamos en general cómodos con nuestra vida tal y como está. La mayoría de las personas evita los cambios cuando cree que se encuentra en una situación estable, pero como dice la frase “el que no arriesga, no gana”. Quizá es funcional para algunas personas cuyas prioridades incluyen la estabilidad y tranquilidad de una vida convencional, que podría sonar atractivo desde cierta perspectiva, pero es cuando me grita Willie Nelson a la carretera y me hace sentir cosquillas en el estómago y ganas de ver todo el mundo que sé que prefiero pagar el precio del cambio, que quedarme sentada a suplicar por que no pase nada. Lo cierto es que olvidamos que el cambio a veces -de hecho la mayoría de las veces- es bueno.

Prefiero simplemente nunca decir adiós en caso de que sea un hasta luego. Y no decir hasta luego, en caso de que sea un adiós.

Como humanos, tenemos la capacidad de aprender para mejorar y mejorar para crecer. Y las posibilidades son infinitas para todo lo que podemos lograr una vez que lo aceptamos. Aun así, cambios implican finales y los finales despedidas. Soy mala con las despedidas. Soy de esas personas que de repente dejan de contestarte los mensajes sin dar ninguna explicación. Es irresponsable, pero no a propósito, la verdad es que, como a Doctor Who, no me gustan los finales. Pero como no tengo una máquina que viaja en el tiempo y el espacio para escapar, prefiero simplemente nunca decir adiós en caso de que sea un hasta luego. Y no decir hasta luego, en caso de que sea un adiós.

Por eso los finales de temporada son épicos y cambiantes, aunque tristes y a veces fríos, pero totalmente emocionantes y aterradores. En algún punto debemos aprender a aceptarlos y a entender que ya sea un cambio pequeño o uno que defina hacia dónde se dirige nuestra serie entera, está en nosotros recordar que cada final implica un comienzo. Y no hay nada más vital que un nuevo primer capítulo.

Impreso en: La Crónica de Hoy
Fotos por: Ángel Cervantes
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Jarina de Marco

Jarina De Marco has the majesty of a deer, but never its horns. This Dominican girl comes with all the Caribbean folk mixed with hip-hop ever since her first single “Main Dish”—which draws in all of her Latin fury. De Marco grew up shifting between Brazil, Dominican Republic and Canada. Having that background, her playful personality and her talent contributed to the formula—this girl doesn’t need the Chemical X to be super powerful. This past October 30th, she released her video for “El Venao” where we can hear the familiar lyrics of the popular Latin song with De Marco’s sweet voice and a beat that won’t let you stop moving your feet. This femme fatale is preparing to eat the world, and she told us how.

Your mother is Dominican, your father is Brazilian and they’re both musicians, it’s inevitable to think you grew up in a carnival. How would you describe the influence of this background on your work? 
The music my parents made and listened to was instrumental in shaping my own musical preferences when I was growing up. I was exposed to Brazilian music through my father, and world music/Dominican folkloric music through my mother. They both listened to a lot of jazz and blues as well, and that was what influenced me when I first began writing music. Ironically, it wasn’t until I started writing pop music that I noticed the Brazilian and Dominican influences seeping into my songs.

What’s the artistic path you’ve followed to get to where you are now?
A combination of being brought up in a musical family, being in bands and in the studio my whole life…and going to school for music has led to me to where I am now.

You speak more than two languages and belong to a few different cultures. How do you manage to mix it all and still keep your own essence?
Being a third-culture kid, I was influenced by all these different things while I was still very young, so I naturally mix all of the cultures I have been exposed to into my music.

“Main Dish” is your first single and it’s a version of “Los Olivos” by Ogum Balenyó but with a pop twist and Jay-Z’s “Big Pimpin’s” hip-hop beats. How did you put it all together into this great piece?
My producer at the time had this great track that sampled DJ Premier’s sample of “Big Pimpin” and I just started singing the chorus to “Los Olivos” and took it from there.

What about “Spell on You”?
Same process as on “Main Dish” except with Screaming Jay Hawkings sample of “I Put a Spell on You.”

By 1994, your family had to escape the Dominican Republic because of a song they played against Joaquín Balaguer, how was that experience?
I was five years old, so I had some idea what was going on when we were rushed away immediately following their performance. It was frightening and exciting, and I understood the situation well enough to know they had done something noble and for a cause. Being so young, it felt like an adventure for me, but I know it was a harrowing experience for my parents.

What was it like working with Wyclef Jean?
He was a lot of fun to work with and an invaluable resource for songwriting advice. He is an extremely talented and charismatic dude.

You gave the song “El Venao” a whole new spin and it’s amazing. Why did you pick this song?
I was in the studio late night messing around, and a friend of mine had this electronic beat. We started singing the song over the beat as a joke since it’s such an iconic and over the top ridiculous song; it ended up working so well that we actually recorded it.

What’s next for you as an artist and what can we look forward as an audience?
I’m currently working on my EP that will probably come out next year.


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Impreso en: Fusion Magazine
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