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blog de estilo creativo

A veces me gusta imaginar que mi vida es una serie de televisión que se separa por temporadas, con personajes constantes, otros cuantos temporales y otros que hacen una aparición y luego desaparecen para siempre. Incluso me gusta pensar en el soundtrack de cada temporada. La parte difícil es cuando dicho soundtrack se pone lento y acústico indicando que el final de una temporada se acerca. Muchas personas tenemos tendencia a temerle al cambio, especialmente cuando estamos en general cómodos con nuestra vida tal y como está.

La mayoría de las personas evita los cambios cuando cree que se encuentra en una situación estable, pero como dice la frase “el que no arriesga, no gana”. Quizá es funcional para algunas personas cuyas prioridades incluyen la estabilidad y tranquilidad de una vida convencional, que podría sonar atractivo desde cierta perspectiva, pero es cuando me grita Willie Nelson a la carretera y me hace sentir cosquillas en el estómago y ganas de ver todo el mundo que sé que prefiero pagar el precio del cambio, que quedarme sentada a suplicar por que no pase nada.

Prefiero simplemente nunca decir adiós en caso de que sea un hasta luego. Y no decir hasta luego, en caso de que sea un adiós.

Lo cierto es que olvidamos que el cambio a veces -de hecho la mayoría de las veces- es bueno. Como humanos, tenemos la capacidad de aprender para mejorar y mejorar para crecer. Y las posibilidades son infinitas para todo lo que podemos lograr una vez que lo aceptamos.

Aun así, cambios implican finales y los finales despedidas. Soy mala con las despedidas. Soy de esas personas que de repente dejan de contestarte los mensajes sin dar ninguna explicación. Es irresponsable, pero no a propósito, la verdad es que, como a Doctor Who, no me gustan los finales. Pero como no tengo una máquina que viaja en el tiempo y el espacio para escapar, prefiero simplemente nunca decir adiós en caso de que sea un hasta luego. Y no decir hasta luego, en caso de que sea un adiós.

Por eso los finales de temporada son épicos y cambiantes, aunque tristes y a veces fríos, pero totalmente emocionantes y aterradores. En algún punto debemos aprender a aceptarlos y a entender que ya sea un cambio pequeño o uno que defina hacia dónde se dirige nuestra serie entera, está en nosotros recordar que cada final implica un comienzo. Y no hay nada más vital que un nuevo primer capítulo.
Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hace unos días me informaron que una compañera de la secundaria perdió la vida. No la conocía mucho y no la había vuelto a ver desde los 14 años, por lo que mi primera reacción se le acercaba mucho a la indiferencia. Continúe haciendo mis cosas, hasta que de pronto me di cuenta de que llevaba más de dos minutos conteniendo el aliento. Me levanté de mi silla y corrí al baño a vomitar. Ya no estaba tan cerca de la indiferencia como yo pensaba.
Cuando nos podemos relacionar fácilmente hacia una situación, nuestro subconsciente nos dice a gritos “pusiste haber sido tú”. Lo mismo sucede de manera inversa. Cuando alguien cercano tiene éxito, por ejemplo, nuestros instintos primitivos se manifiestan hasta cierto nivel y sentimos envidia porque “pudimos haber sido nosotros”.

Por ello las películas y los libros que más nos gustan son aquellos con los que nos sentimos identificados o bien, quisiéramos sentirnos identificados. 
Lo cierto es que somos más vulnerables estando vivos, pero no nos detenernos a reflexionar en ello.

Una mala noticia afecta de diversas maneras. Creo que mi reacción se debió más bien al hecho de que alguien de mi edad perdiera la vida, haciéndome cuestionarme sí mi generación está comenzando a extinguiese y si se me está terminando el tiempo para cumplir mis metas de vida. Qué egoístas podemos llegar a ser los seres humanos.

Traté de recordar a mi compañera de secundaria. No la recuerdo mucho, excepto porque era bastante popular y me hizo sentir mal a propósito en más de una ocasión. Más sentimientos encontrados me hicieron sostener el aliento de nuevo. Malos pensamientos que me llevaron a sentir culpa, después de tantos años. Y es que no nos sentimos culpables hasta que nuestras acciones recaen en alguien vulnerable. Y tendemos a pensar que la muerte es nuestro estado de mayor vulnerabilidad. La verdad es que no podemos saber en qué momento de la vida estamos. Lo cierto es que somos más vulnerables estando vivos, pero no nos detenernos a reflexionar en ello.

Finalmente sentí una pena terrible pensando en cómo debe estarla pasando su familia y preguntándome mil cosas más sobre el solo hecho de estar viva. No le llamaría miedo a lo que sentí después. Me entró un enorme deseo de que mi compañera hubiera cumplido con sus metas de vida y me motivé a ir detrás de las mías. Porque como dijo Dumbledore: “Para una mente bien organizada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura.”
Publicado en: Omnia Noticias
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Hace unos años, cuando estaba en la escuela y tenía que encontrar pretextos para no hacer mi tarea por las tardes, pasaba mi tiempo en Wikipedia, leyendo de artículo en artículo hasta terminar de regreso en la Armonía de las Esferas.

Entre otras cosas, me perdía por horas leyendo sobre trastornos psicológicos y adjudicándome cada síntoma del que leía. Cada semana tenía una enfermedad diferente. No podía dormir en las noches pensando en que seguramente no podía dormir por el insomnio que me causaba algún trastorno de ansiedad generalizada.

Había leído tanto sobre la mente que mi propia mente estaba confundida. Si bien había ido al psicólogo y tenía situaciones en las que debía trabajar, nada había sido tan frustrante como el tener que convencerme a mí misma de que la mayoría de mis trastornos eran imaginarios. Como mis amigos de la infancia, que seguramente eran producto de alguna esquizofrenia en desarrollo.

Si le dedicas tu vida entera a algo en específico, vas a terminar convirtiéndote en ello. 

En varias ocasiones me convencí de que tenía un trastorno obsesivo compulsivo porque tengo manías como no poder evitar tocar el lado opuesto exacto de mi cuerpo cuando toco algo por accidente, o porque cuento las líneas de la carretera o porque sumo los números en las placas de los carros hasta convertirlos en una sola cifra.

Alguna vez creí tener bipolaridad, pero sólo estaba viendo alguna película de Christopher Nolan. Todavía hay ocasiones en las que creo tener paranoia, pero sólo estoy siendo paranoica. Aún tengo ataques de pánico que tan reales como son, lo que sigue después es el problema, ya que son el síntoma de muchos otros trastornos que me convenzo de tener una y otra vez.

El problema radica en que tú decides lo que eres. Si le dedicas tu vida entera a algo en específico, vas a terminar convirtiéndote en ello. Así perdí tiempo, esfuerzo y a varios amigos. Por eso es importante aprender a tomar el control ante las situaciones y entender que hasta nuestra propia mente nos puede engañar sin darse cuenta. Y que no podemos dejarnos llevar por una idea sin analizarla antes con la cabeza bien fría, porque como nada es absoluto, toda realidad es engañosa. Quién sabe. Quizá es algún trastorno de despersonalización. Quizá sólo soy hipocondriaca.

Publicado en: La Crónica de Hoy
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“All the hate coming out from a generation who got everything and nothing guided by temptation. Were we born to abuse, shoot a gun and run or has something deep inside of us come undone? Is it a human trait or is it learned behavior? Are you killing for yourself or killing for your savior?”

—Marina and the Diamonds

Quizá una de las sensaciones que más me molestan es la de la decepción, porque soy mala perdiendo y decepcionarse significa aceptar el error de nuestras expectativas. Y en esta sociedad, más vale aprender a asimilarla, o bajarse del tren.

Siempre he sido una persona competitiva, especialmente conmigo. Me he decepcionado de mí misma en numerosas ocasiones, pero aprendo de ellas para evitarlas en el futuro, pues creo que la vida se trata de eso cuando te interesa vivirla a plenitud. Sin embargo, tendemos a cometer los mismos errores una y otra vez. “Porque somos humanos”. ¿Y qué son los humanos sino una especie más de primates? ¿Cómo no decepcionarse de ellos cuando se dicen diplomáticos y razonables, y luego demuestran que no lo son? He considerado la vieja idea de que si no puedo con ellos, me les una. Pero creo que preferiría que me arrancaran la cabeza a andar por ahí fingiendo que no pasa nada.

Andamos por ahí inventando leyes qué romper para reemplazar por otras que se acomoden mejor a nuestra manera de pensar; y religiones que lo justifiquen. 

Basta con ver la manera en que se manejan las guerras y los conflictos globales. Nuestros gobernantes llegaron a donde están mintiendo y engañando. Qué bueno que John Lennon se murió antes de ver que quizá si era el único. En tanto a aquellos que pueden dormir por las noches a pesar de la sangre ajena que derraman y el dolor que causan, bien por ellos, pues nada es absoluto. Quizá son ellos los que están en lo correcto.

Andamos por ahí inventando leyes qué romper para reemplazar por otras que se acomoden mejor a nuestra manera de pensar; y religiones que lo justifiquen. En lugar de aceptar que nunca nos vamos a poder de acuerdo. Vivimos en una tensión constante porque nos sentimos culpables de todo lo que hacemos y pensamos. Nos convencen de que somos razonables y nos dan un concepto del bien y el mal, pero en el fondo sabemos que sólo el más fuerte sobrevive. Y el más fuerte nunca es razonable y rara vez cumple con el concepto de “bueno” que establece la sociedad. La confianza y la cortesía son conceptos inventados y no sabemos si sus bases son reales, la verdad es que esto es un campo de batalla, y en la guerra todo se vale. “Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio y la traición se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía”, dijo Jean-Jacques Rousseau hace un par de siglos.

Quizá deberíamos dejarnos fluir. Aceptar que en el fondo somos seres salvajes enjaulados, esperando quietos y resentidos a que alguien venga y nos lance comida para no morir, en lugar de andar por ahí como los simios que somos, rascándonos la espalda entre todos y gritando cada vez más fuerte y matando para no morir. Justo como ahora, sólo que sin la hipocresía y las mentiras. Probablemente si la humanidad fuera honesta, desaparecería en dos días. En este caso, me encantaría estar equivocada.

Pero no se puede tener todo en la vida. Dicen. Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hay días en los que simplemente la sonrisa decide quedarse en casa a dormir. No parece haber razón para estar feliz y mucho menos para fingir estarlo. Cuando trabajaba en un café, tenía que sonreír todo el día a los clientes como una cortesía de servicio. Y no voy a mentir, es cierto que fingir una sonrisa nos lleva, paulatinamente, a creer que estamos felices. No era hasta que llegaba a casa a llorar por horas que me daba cuenta de que, de hecho, no me había sentido feliz en mucho tiempo. La infelicidad es un tema tan tabú, que lo evitamos a toda costa. Respondemos que estamos “bien” cuando nos preguntan qué nos pasa porque sabemos que no queremos meternos en el problema que implica explicar una sensación que a veces ni nosotros mismos comprendemos, además las posibilidades de que a la otra persona no le interese escuchar nuestra respuesta real son altísimas. Lo cierto es que todos preguntamos “¿Cómo estás?” como simple cortesía, pues sabemos que la respuesta siempre será “bien”.

Por otro lado, es considerado grosero no sonreír, lo cuál es ridículo. Lo que sentimos y cómo elegimos expresarlo o no hacerlo, no tiene por qué incumbirle a los demás. Es muy común ir caminando por la calle, pensando en el mundo que es nuestra cabeza, cuando algún extraño se siente con el derecho de exigirte que sonrías. “La vida sigue”, dicen generalmente los adultos mayores. Quizá sus intenciones son buenas, pero difícilmente va a ser el día o el momento para prestarle atención sin que nos explote la cabeza.

Incluso desde niños es común escuchar a nuestros papás reprendernos por no sonreír a la gente “no seas mal educada, payasita”, me decía mi papá molesto cuando no saludaba a mis compañeritos de la escuela. La verdad es que no me caían bien y no tenía ninguna responsabilidad de demostrar lo contrario. Hasta la fecha prefiero parecer “payasita” a que vayan a malinterpretar mi amabilidad con algún tipo de simpatía que no existe.

Es cierto que estudios recientes prueban que la sonrisa, cuando no es natural, es una manera de demostrarle a los demás que somos inofensivos. La hipocresía de la supervivencia, pues. La verdad prefiero que crean que soy una amenaza (cosa difícil considerando que mido 1.63mts) a tener que fingir una sonrisa. Crecí con papás políticos, así que aprendí a identificar sonrisas falsas a una edad temprana. Y a utilizarlas también.

Es casi imposible saber lo que se esconde detrás de una sonrisa falsa. Y si ya de por sí me es difícil confiar en las personas, me es más difícil aún confiar en alguien que sonríe sin razón. Generalmente los sentimientos que se ocultan detrás son negativos.
Parecería que la autodestrucción es la cualidad que define al humano.

Sin embargo, esos días en que la sonrisa llega natural y todo parece brillar alrededor, me gusta compartirla. Me gusta ver a los niños y a los ancianos reírse cuando nadie más los ve. Me gustan las sonrisas estúpidas de las parejas que se están enamorando. Me gustan las sonrisas de los papás al ver a sus hijos crecer. Esas sonrisas tan genuinas y tan en peligro de extinción.

Tristemente nuestra sociedad se encarga de destruir todo lo que podemos disfrutar naturalmente y lo convierte en un arma que ataca principalmente a las personas que la conforman. Parecería que la autodestrucción es la cualidad que define al humano. Como dijo Bukowski: “Encuentra lo que amas y deja que te mate". Y somos buenísimos haciéndolo.

Pero no todo es apatía una vez que aprendemos a identificar las diferencias. Simplemente los días tristes es más difícil ver el brillo, pero no significa que no esté allí o que no vaya a estar mañana. Lo importante es respetar lo que sentimos y ser honestos con nosotros mismos. Si no, hasta la sonrisa más pura pierde toda su intención.

Impreso en: La Crónica de Hoy
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Un día de verano de 1996, mi papá me contó la historia de cómo un perro le dio un aventón a la ciudad desde el rancho en el que vivía para ir a la escuela cuando tenía mi edad. No era un hombre peludo, era un perro blanco con cuerpo de hombre, llevaba guantes de cuero negro y una chamarra de mezclilla. Me contó cómo se detuvo en la orilla de la carretera y le permitió subir. Su primera reacción fue la de asustarse, pero luego vio que el perro era bastante amable, por lo que se subió y no hizo comentarios en el hecho de que era un perro conduciendo una camioneta. Entre otros temas, el perro le contó cómo se había curado del dolor de riñón que no lo había dejado en paz días atrás, hasta que una mujer le dio un remedio, e incluso lo compartió con él. Llegaron a la ciudad y mi papá se bajó del vehículo, dándole al perro las gracias por el aventón y por la cura para el dolor de riñón.

Siendo una niña, la imagen del perro conductor se clavó en mi memoria. Años más tarde, lo recordé y le pregunté al respecto. Tenía la teoría de que quizá fuera alguien con una enfermedad o una barba muy extraña. Nuevamente, mi papá me aseguró que se trataba de un perro de una manera tan natural que por poco le creo. En alguna ocasión lo escuché decirle el remedio a alguien que le dolía el riñón y respondiendo con un simple “un perro me dijo”, cuando le cuestionaron dónde lo leyó. Los años pasaron y la explicación no llegaba.

Hace un par de años, mi papá enfermó de un cáncer que meses más tarde terminó con su vida. Un día, cuando estaba ya en cama, le pregunté por el perro. “No entiendo por qué no me crees”, me dijo cuándo me explicó de nuevo que se trataba simplemente de un perro blanco. Así fue que pasé de creer en el perro a los seis a no creer en él a los trece para decidir a los veintiuno que no había más razón para no creer. Mi papá dejó este mundo y el perro sigue siendo el mismo perro que era hace 20 años.

De mi papá aprendí que la educación es un privilegio y la honestidad una obligación, a pesar de que hacía trampa en todos los juegos de mesa. De mi papá aprendí que con los rusos no se juega y que Oppenheimer era un idiota. De mi papá aprendí que siempre hay algo nuevo qué aprender de los demás y que el dolor de riñón se cura combinando barba de elote, cola de caballo y barba de coco en una misma infusión.

Porque a pesar de que es probable que haya tenido una explicación racional, le agradezco haberme dejado esa constante chispa de incertidumbre. Después de todo, hay personas que pierden la razón por no creer en lo fantástico.

Publicado en: La Crónica de Hoy
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Cuando llegas a cierta edad, comienzas a entender y aceptar lo que eres. Supongo que nunca llegas a saber quién eres, porque en hacerlo vivimos la vida; sin embargo ocurre un cambio en el que entiendes a qué ritmo te estás conociendo. Aprendes a aprenderte, vaya. Y entonces se vuelve más fácil hacerlo. Una vez que eres consciente de que ese aprendizaje es constante, comienzas a controlarlo de manera progresiva. Esos rollitos extra de la cadera, esas ideas que tienes y que nadie parece entender, ese barro de la frente o el sonido raro que produce tu garganta cuando te ríes muy fuerte. Terminas por enamorarte de todos tus defectos. Pero llegar a entender eso es la parte difícil, tomando en cuenta la sociedad que hemos construido.

Hace un par de días estaba viendo videos random en Youtube en lugar de dormir. Terminé viendo un documental sobre un grupo urbano que se hace llamar “Living Dolls”. Generalmente son chicas con una fuerte influencia por una parte pop de la cultura japonesa. Estas chicas se visten diariamente con el propósito de simular una muñeca de porcelana o un personaje de alguna serie de dicha cultura. Entre las entrevistas que se les hacen, todos coinciden en que prefieren vivir en un mundo de fantasía en el que pueden ser una muñeca e incluso actuar como creen que lo haría una de estar viva, así como la desconformidad con su apariencia, que es la principal razón de la elección en su estilo de vida. Sometiéndose a cirugías estéticas caras y peligrosas para obtener una imagen más parecida a la de una muñeca. A la fecha este estilo de vida es considerado una adicción, pues los participantes se obsesionan cada vez más con su propósito de convertirse en un ser perfecto.

Por otro lado, me encontré con un documental sobre personas de color que se exponen a tratamientos altamente riesgosos para aclarar su piel lo más posible. En sus entrevistas es evidente su rechazo ante sus raíces, manifestando que consideran su color de piel inferior entre más oscuro les resulte. Mientras tanto, tenemos a las personas blancas que son adictas a exponerse a camas de bronceado. Todo para terminar siendo del color de los latinos. (Ah, ¿verdad?)


Hemos idealizado ciertas enfermedades para mantener a la sociedad bajo un dedo gigante que indica que nos están juzgando desde los zapatos que nos pusimos hasta el color de nuestro cabello.


Ante los confusos estereotipos de belleza que la sociedad ha construido, existen casos que terminan en tragedia debido a la sobre-exposición de publicidad engañosa que propone que la belleza cuenta con ciertas cualidades que, en el mundo real, son inalcanzables de una manera saludable ya sea física o psicológicamente. La lista de enfermedades y trastornos en base a ello son interminables y muchas de ellas incluso incomprensibles hasta la fecha.

Hemos idealizado ciertas enfermedades para mantener a la sociedad bajo un dedo gigante que indica que nos están juzgando desde los zapatos que nos pusimos hasta el color de nuestro cabello. Por culpa de los prototipos de belleza que nos venden las grandes industrias, hemos omitido la mejor parte de la belleza, que es sentirla. Ojalá pronto todos lleguemos a esa sensación de armonía y aceptación y nos demos cuenta de que, seamos quién seamos, vengamos de donde vengamos y tomemos las decisiones que tomemos, todos somos hermosos.

Menos Donald Trump, ese viejillo parece mazorca vieja.

Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hace unos días, tras un análisis de mi caligrafía, un experto me dijo que tengo un tipo de personalidad Idealista Soñadora, la cual acepté como correcta y adecuada a mi persona. El test que encontré era entretenido a pesar de lo obvio de las preguntas. Al finalizarlo, el test indicó que mi tipo de personalidad es ENFP, personalidad que caracteriza a personas curiosas, idealistas y que van tras la búsqueda de significados. Coincidía tanto con mi superyó que compartí el entretenido test con un amigo. Cuando lo finalizó, dijo que la descripción era muy acertada a lo que él considera que es. Curiosamente y a pesar de que somos muy diferentes, su resultado era el mismo que el mío.

A finales de los cuarentas, el Dr. Bertram R. Forer aplicó un test de personalidad a sus 39 alumnos, entregándoles un resultado personalizado basado en sus respuestas. Al entregarles sus resultados, se les pidió evaluar lo acertado de este en una escala del 0 al 5. En promedio, el grupo calificó al examen con un 4.2 sin saber que el resultado que les había entregado a todos era el mismo. Debido a ello, esta validación subjetiva o validación personal que presentamos los humanos, se conoce también como efecto Forer.

Cuando una descripción es suficientemente vaga y generalizada, es sencillo adjudicárnosla, pues son cualidades o defectos con las que todos contamos a alguna escala.

Los factores más influyentes sobre el efecto Forer son la expectativa, la ilusión y la condición humana de buscar darle un sentido válido a la experiencia personal. Nos adjudicamos a un nivel subconsciente afirmaciones sobre nosotros mismos que podrían ser falsas, pero que deseamos sean parte de nosotros.

Indagando más en el tema, me encontré en internet con que el tipo global de personalidades a las que hacía referencia el experto correspondían a los que indica un test de personalidad de 16 factores, por lo que lo tomé para corroborar mí ya definida personalidad.

Cuando una descripción es suficientemente vaga y generalizada, es sencillo adjudicárnosla, pues son cualidades o defectos con las que todos contamos a alguna escala. Así funcionan los horóscopos y los tests de Facebook que te juran que tú eres Regina George en algún universo o que Emma Stone es tu chica ideal.

Así que no importa si resulta que eres Sagitario, extrovertido, Ravenclaw, llanero solitario, Khloe Kardashian, hippie y que te vas a casar a los 37 con un clon de Justin Bieber, porque al fin de cuentas, sólo tú puedes decidir quién eres. Y quién no.

Publicado en: Omnia Noticias
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Dos personas importantes en mi vida, en situaciones completamente ajenas entre sí, me señalaron que debo dejar de experimentar con la mente de la gente. En ambas ocasiones, cada una de ellas estaban resentidas conmigo, seguramente por buenas razones.

Una de las dos me dijo que llevo a las personas hasta su límite, lo cual me puso a pensar en diversas ocasiones en las que, de hecho, he empujado a personas hasta su límite con la intención de demostrarles que pueden llevarlo más lejos, sin lograr otra cosa que alejarlos de mí. No sé si mi “condición” de maestra me haya llevado a ello, o si es simplemente algo que hago sin percatarme.

A pesar de que no me formé en una carrera de psicología, le he dedicado horas a educarme en el tema de la mente. Es inevitable cuando decides adentrarte en la búsqueda de respuestas que no tienes, no sólo sobre tu entorno, sino sobre las reacciones que este provoca. Entre esas cosas, están los individuos como tal.

Cuando era niña y me molestaba por situaciones que no podía cambiar, como la guerra o el hambre, siempre lo adjudicaba a la gente y me negaba a aceptarme como parte de la misma. Mi madrina me explicó que no todas las personas son malas, es sólo que toman malas decisiones a lo largo de su vida que los orilla a cometer errores. No estando conforme del todo con la información, separé a la humanidad en dos grupos: “las personas”, que son los humanos en general; y “la gente”, que eran aquellas personas que sabían que estaban actuando mal, pero lo seguían haciendo. Ahora que lo pienso, supongo que con “gente” me refería a las fallas en la sociedad.

Me dediqué entonces a no ser parte de “la gente” a una edad muy temprana y sin tener en claro el porqué de mi inquietud hacia ello. Desde que tengo memoria, escuchaba constantemente a mi papá hablar sobre política, corrupción e injusticias, temas sobre los que discutíamos de vez en cuando antes de ir a dormir. A los 12 años mi papá me había contado toda la historia sobre la segunda guerra mundial y me había pedido decidir si en realidad Hitler estaba en un error. Su intención era llevarme a formar un criterio propio, espero.

En torno a las preguntas que le hacía y las respuestas que esperaba o conclusiones a las que llegaba sobre temas específicos, mi papá me llamó Maquiavélica desde que tenía ocho años. Inicialmente me molestaba, pues sonaba feo y malvado, especialmente cuando había decidido dedicarle mi vida a ser diferente a la gente y hacer algo mejor por el planeta. Tenía una idea muy clara sobre lo que era correcto y lo que no y condenaba a todas las personas que opinaban diferente. Luego crecí para aceptar mi condición de malvada y mi misión de cambiarla.


El mejor escenario sería el de aceptar que nada es absoluto, incluyendo la percepción individual sobre “el bien” y “el mal”.

En respuesta al contraste de crecer creyendo ser malvada y tener unas intenciones tan fuertes de que las cosas estuvieran bien, surgió en mí una obsesión por hacer entender a la gente mi concepto del bien y el mal, porque en mi cabeza era absoluto. No era diferente a los fanáticos religiosos que cruzan la línea del respeto que yo tanto critico. Yo había cruzado esa la línea en la búsqueda de una sociedad utópica. Y en mi frustración, me encontré a mí misma.

El mejor escenario sería el de aceptar que nada es absoluto, incluyendo la percepción individual sobre “el bien” y “el mal”. Pero eso no me da las respuestas que busco. Se me ocurre que los ocho años es una edad muy temprana para decirle a un niño lo que es. Dile que es un genio y crecerá para serlo, dile que es un idiota y las probabilidades apuntan a que lo sea. A mí me dijeron que era malvada. Y esa parte de mí que aún lo cree, lucha contra ello. Soy mi principal obstáculo en la búsqueda de esa verdad única en la que no puede existir el mal. Y es terriblemente agotador. Para mí y para quienes me rodean.

Sin embargo, darse cuenta de una situación a tiempo es el primer paso para cambiarla. “El tiempo puede re-escribirse”, escuché por ahí. Y no significa rendirse, significa aprender. Lo cierto es que todos tenemos un largo camino por recorrer. Quizá sólo ando por ahí observando, haciendo anotaciones, experimentando, pagando el precio y justificando mis medios con mi finalidad. Quizá aún no encuentro la respuesta que busco, pero confío en que un día voy a saber cómo formular la pregunta.

Impreso en: La Crónica de Hoy


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Comenzar a ganar tu propio dinero y hacerte cargo de ti mismo se siente como caminar en una cuerda floja. Parece una misión imposible. Los platos se acumulan más y más hasta que un día te das cuenta de que nadie los va a lavar por ti. Ya puedes abrir los sobres de las cuentas que lleva el cartero, porque tienen tu nombre y no el de tus papás. Descubres la importancia de una lavadora y los días de ponerle “peros” a la comida se acabaron. Todo sabe delicioso.

Al principio es difícil y aterrador, pero más que otra cosa, es extraño. De niño fantaseas con ser grande. Juegas a ser astronauta o famoso de alguna forma. Pasas horas imaginándote cómo van a ser las cosas cuando crezcas. Y nunca dejas de fantasear al respecto, hasta que pagas la primera renta con el dinero de la quincena. Y es que nadie te envía una carta avisándote que ya no eres niño. Sólo pasa. Y es muy diferente a lo que imaginabas. Es mucho mejor.

Todo lo que se ha aprendido en este mundo ha sido a base de prueba y error. 

Y no sólo ya no eres niño. Los días de quejarte irracionalmente van quedando atrás también. Ahora tus quejas tienen fundamentos y te causan acidez estomacal. Tampoco eres un adolescente. Todos tus amigos están tomando un camino, ya sea formando una familia o entregándose a un puesto de trabajo, mientras tú sigues pensando en las posibilidades.

La verdad es que aún así, no te sientes del todo adulto. Se suponía que los adultos no tienen miedo y saben siempre qué hacer. Entonces comienzas a entender que en realidad sí lo tienen. Y difícilmente saben qué hacer.

Todo lo que se ha aprendido en este mundo ha sido a base de prueba y error. Por eso lo importante es intentar, aprender de los errores y celebrar los aciertos. En algún momento, entiendes que crecer es aceptar que eres vulnerable y aprender a manejarlo. Porque eso es en realidad ser libre.

Y la libertad viene con un montón de responsabilidades que tenemos que aprender. Este proceso puede ser uno de los cambios más interesantes que atravesemos en nuestra vida. ¿Será que estamos madurando?

Nah.
Impreso en: La Crónica de Hoy
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Un día, en una reunión del trabajo, analizamos el organigrama y mi jefe nos explicó como cada pieza es importante para que una compañía funcione. Y es verdad. Si en la sociedad todos comprendiéramos la importancia de nuestro papel y cómo este es necesario para que la sociedad no se venga abajo, la sociedad no se estaría viniendo abajo. “Todos son importantes, pero nadie es indispensable”, decía mi maestro de teatro.

Conozco a más personas que no se consideran importantes de las que debería. ¿Qué los llevó a la conclusión, principalmente, de que no lo son?

Como hace unos días, cuando pasaba junto a un semáforo que no estaba funcionando, por lo que había dos agentes de tránsito arriesgando su vida en hora pico de la tarde, en la oscuridad, dirigiendo el paso del tráfico. “Qué horror”, me dijo mi mejor amigo. “¿Ser ellos?”, le pregunté. “Pues, tener que ser cualquier servidor público”, me respondió. Pensé en el título: “servidor público”. Le dije a mi amigo que quizá es un trabajo terrible, pero ojalá que a ellos les guste, pues si lo pensamos, nadie más se tomaría la molestia de hacerlo y el caos sería inevitable en un caso como ese. A pesar de que mi amigo no lo dijo de manera despectiva, sino haciendo referencia a aceptar una forma de vida considerada “conformista”, entiendo lo que representa ser considerado inferior en la vida profesional a causa de tus propias decisiones.

Cuando comencé mis estudios como maestra de primaria, mis compañeros que estaban estudiando medicina o alguna ingeniería se burlaban de la simpleza de mis materias y no se mordían la lengua para expresar lo sorprendidos que estaban de que hubiera decidido ser una “simple maestra de escuela”. Si bien no es mi carrera predilecta, lo que representa en sí conlleva una importancia que nuestra sociedad se ha encargado de deshonrar hasta el suelo. Culpo en parte al magisterio y su poco criterio en el momento de preparar futuros docentes. Sin embargo, de no ser por una maestra de escuela yo no podía estar escribiendo esto y ustedes no lo podrían estar leyendo.

Dejamos de ser importantes tan pronto como Antoine de Saint-Exupéry dejó de ser pintor. 

Pasa con todos los cargos públicos. El gobierno a maleado tanto los cargos que da a sus empleados, que entre la corrupción, el nepotismo y la mediocridad, se han perdido los principios y el verdadero significado de “servicio”. ¿Cuál era originalmente la labor de nuestros gobernantes? ¿Alguien recuerda? ¿No? Eso pensé.

He de aceptar que nunca he sido una persona humilde. Siempre me he interesado por el bien común, la justicia y la igualdad, pero al hablar individualmente, he tenido dificultad para desarrollar mi humildad. En mi propia casa me pidieron e instruyeron todo lo posible para convertirme en una persona más humilde. Sin embargo, en un punto se malinterpreta la humildad con la sumisión y se desata el caos. Para compensar, me gusta ponerme en los zapatos de los demás todo lo que me sea posible. Me gusta descifrar e interpretar a las personas para poder comprenderlas y actuar a consecuencia para demostrarles que también son importantes.

Crecemos con la cultura pop diciéndonos que somos especiales, todos, de alguna manera. Para que luego lleguen personas que fallaron en la vida a recordarnos que en realidad no lo somos y que solo unos cuántos (nunca nosotros) pueden si quiera aspirar a ser más de lo que les corresponde. Y les creemos.

Dejamos de ser importantes tan pronto como Antoine de Saint-Exupéry dejó de ser pintor. Crecemos predispuestos a ser “uno más del montón”. Ya estamos cansados, aburridos e inconformes sin si quiera haber intentado no estarlo.

Por otro lado, aquellos que carecen de humildad y además de las ganas de desarrollarla, caen en un círculo vicioso y muy vulnerable a ceder ante el “poder”, pues el concepto que se tiene del mismo se convierte en su definición y olvidan que son también piezas de una maquina gigante que no funcionaría sin ellos tanto como no lo haría sin cualquier otro engrane. Les queda muy claro que son importantes, pero olvidan que no son indispensables. Al final del día, también están cansados, aburridos e inconformes.

Es cuando aprendemos a reconocernos como parte de un equipo, por mucho que nos moleste hacerlo, que somos parte de una sociedad. Una sociedad que no funciona debido a tantas personas que se olvidan de que son importantes y tantas otras que se olvidan de que no son indispensables. Quizá nos otorgaron una pieza que no elegimos ser en esta enorme máquina, en cuyo caso deberíamos buscar nuestro lugar, porque si no engranamos correctamente, todo apunta a que la máquina se venga abajo en pedacitos.

Debemos entender que para que cualquier cosa funcione, tiene que sentirse bien. Nada que nos inconforme va a ser funcional porque ya de base no lo es. Por eso no es mentira que todos somos especiales, es sólo cuestión de encontrar el lugar en el que lo somos. Porque como dijo Doctor Who “En novecientos años de viajar entre el tiempo y el espacio, jamás he conocido a nadie que no sea importante”.

Y tampoco yo.
Impreso en: La Crónica de Hoy
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Hoy una de las increíblemente molestas voces de Spotify me dio instrucciones de cómo ocultar lo que estoy escuchando de mis amigos de Facebook para poder disfrutar de mis gustos culposos, cosa que me hubiera servido aquél día en el que escuché como 3 discos completos de Glee de una sentada. O esa vez en que pusieron cumbias para bailar desde mi cuenta.

En una ocasión me metí a una cuenta diferente de Netflix para que ninguno de mis amigos con los que lo comparto supieran que estaba viendo películas de Julia Roberts y asumieran que ya llevaba por lo menos medio litro de nieve de chocolate o que no había dejado de llorar por horas ya que no pude pasar el nivel del templo del agua en Zelda sin lastimarme el dedo porque nadie me enseñó a usar un control de Nintendo 64 por ser niña. Estúpido patriarcado. Uno no quiere que se enteren de esas cosas.

Luego pensé en lo ridículo que es. Mi mejor amigo siempre me critica por ocultar mis gustos culposos. Pero, ¿por qué son culposos? Generalmente son cosas que nos gustan a un nivel tan personal que no esperamos que los demás entiendan y, ultimadamente, no tendríamos por qué explicarles. Es común asumir que no se cuenta con la confianza suficiente hacia las demás personas para que conozcan nuestro lado más vulnerable. De hecho, eso es exactamente lo que es. Porque todos, o la mayoría de nosotros, tenemos gustos tan intensos y difíciles de explicar que optamos por no hacerlo. ¿Qué hay de malo en buscar un poco de privacidad en este mundo de exhibicionismo en el que nos tocó vivir? Ah, pero aquellos que se atreven a compartirlo, son atacados hasta quedar enterrados dos metros bajo tierra, mínimo. “¿Cómo se atrevió a ponerse eso?” “¿Quién ve eso?” “¿Taylor Swift? Pff. Basic bitch.” En el fondo lo hacemos porque sabemos que son cosas que nosotros no nos atrevemos a hacer en público. Generalmente por buenas razones.

En nuestra sociedad todo el mundo está a la defensiva, esperando a ver la oportunidad de atacar para no ser atacados. 

¿De dónde viene esa necesidad de no tener gustos comunes? ¿Nos hace ver débiles por caer en el consumismo que tanto buscamos combatir? Por favor. Díganme quién produce su serie favorita y cuánto tiempo lleva en Vevo esa banda que tanto les gusta desde 2008 y luego hablamos de consumismo.

En nuestra sociedad todo el mundo está a la defensiva, esperando a ver la oportunidad de atacar para no ser atacados. Y que no se nos ocurra ver reallity shows si no es irónicamente, porque es un nuevo pecado capital. Así le hago yo cuando voy por la segunda orden de taquitos: es irónico, lo juro.

Otro de mis gustos culposos incluye, por ejemplo, cocinar en ropa interior mientras escucho las canciones de Avril Lavigne de antes de que fuera estrella de J-Pop y no por eso ando por ahí enseñándole a todo el mundo. (De nada.)

Sencillamente hay cosas que son privadas. Como el tiempo que pasamos husmeando en el perfil de Facebook de otras personas, las sesiones de selfies en el baño o nuestra imitación de Beyoncé bailando Single Ladies. Todo lo demás es patrimonio de la humanidad. Por eso los gustos culposos deberían ser simplemente gustos personales. A menos que encontremos placer en la culpa. De ser así, evitemos involucrar a terceros (porque hay diferencia entre un crimen y un placer culposo, lo crean o no) y subirle al volumen porque pues, ¿qué importa? En cien años todos vamos a estar súper muertos.


Y qué bueno, porque qué oso eso de estar vivos como todos los demás.
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Por @AureDo

La televisión no es lo mismo que hace 10 años. El principio del nuevo milenio trajo consigo una revolución creativa en la televisión norteamericana; series como Six Feet Under, Sex and the City, The Sopranos oThe Wire ―todas en televisión por cable, específicamente en HBO― fueron trabajadas con una técnica cinematográfica y llevaron lo mejor de dos mundos a la pantalla chica: historias entretenidas, desarrolladas con la paciencia que permite la televisión, producidas con un nivel de calidad ―y presupuesto― que muchas películas desearían.

Éste boom televisivo fue reconocido por la audiencia estadounidense y elevó su nivel de exigencia en cuanto a la programación de contenidos, lo cual, con el paso del tiempo, devino en una nueva forma de hacer televisión.

Es inevitable pensar en el caso mexicano, las concesionarias hicieron el intento. Televisa se arriesgó con la producción de “series originales”, pero su añeja herencia del melodrama no les permitió trascender. Por otro lado Once TV México, un canal público, logró con la administración de Fernando Sariñana ―y un poco de nepotismo― la realización de series exitosas con reconocimiento internacional; lo mismo pasó con Cadena Tres, que a través del control de Epigmenio Ibarra se pudo innovar la arcaica telenovela. Pero de esto hablaremos la siguiente semana.

Los hogares norteamericanos, y los afortunados alquiladores de televisión de paga alrededor del mundo, han visto una nueva ola de destacadas producciones para la pantalla chica. Canales como AMC han conseguido capturar la atención del público con programas como The Walking Dead, Mad Men y Breaking Bad; sin embargo, sigue siendo HBO la cabeza de este poderoso embate televisivo con ficciones frescas y temas actuales, y es la casa de la serie que hoy nos incumbe: Girls.

Lena produce, escribe, dirige y protagoniza Girls, una comedia que sigue la vida de un pequeño grupo de jóvenes viviendo en Nueva York. 

Lena Dunham, hija de un pintor y una fotógrafa, hizo su debut en el cine conTiny Furniture, un dramedy independiente protagonizado por su familia y amigos. Desde entonces su trabajo fue reconocido y el afamado productor Judd Apatow la apoyó con su ingreso a las filas de la televisión.

Lena produce, escribe, dirige y protagoniza Girls, una comedia que sigue la vida de un pequeño grupo de jóvenes viviendo en Nueva York. En el primer capítulo conocemos a la recién graduada Hanna quien aspira a ser escritora, pero mientras lo consigue trabaja como becaria sin recibir pago alguno. Todo cambia cuando sus padres deciden dejar de mantenerla.

La fracción de la sociedad que la serie nos muestra no había sido tomada en cuenta de manera tan profunda como lo hace ésta. Lena se basa en sus experiencias personales para narrarnos historias ordinarias, de gente ordinaria, con la cual un gran número de personas podemos identificarnos; y es que este grueso de la población que retrata, los adultos emergentes ―jóvenes en edad profesional que no se han emancipado―, ha comenzado a formar parte importante del engranaje social. Su contribución en la economía toma un papel relevante en términos de consumo, y su participación en la opinión pública es de gran importancia.

Interesados por los bienes intelectuales, las humanidades y las tendencias, este grupo de jóvenes de entre 20 y 30 años no ha sido tomado en cuenta de manera activa a pesar de haber sido un importante motor de movimientos sociales como el grupo Yo Soy 132. Políticamente puede ser una fuente generadora de ideas, su interés por el conocimiento ―y el acceso a éste gracias a las nuevas tecnologías― le ha permitido exigir acciones públicas como la democratización de los medios de comunicación o apoyar propuestas innovadoras como la institución del internet como derecho universal.

La televisión mexicana todavía no reconoce este grupo como un nicho de mercado, y éste, al sentirse negado, busca otras opciones donde gastar su tiempo de ocio, como los modernos Netflix y YouTube. Por lo tanto, el gran acierto de Girls, la razón por la que nos gusta, no es simplemente su calidad de producción (lo cual ya es una necesidad para alcanzar el nivel de la competencia), sino su cercanía a la realidad, la consideración que tiene con una comunidad desatendida.

Los medios de entretenimiento no educan, pero enseñan. Un buen ejemplo para quienes aspiran a gobernarnos: no está de más echar un vistazo a la amplia gama de testimonios que nos da la televisión. No todo es la telenovela de las 9.
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Hace unos días, estaba viendo Doctor Who y capítulos viejos de The Twilight Zone. Más tarde, aún con la ciencia ficción en la mente, me puse a leer sobre el espacio, el tiempo y la materia. Para cuando fue hora de ir a la cama, mi mente estaba sobrecargada con posibilidades. Desde que vivo sola, tengo que hablar conmigo misma de vez en cuando para llegar a una decisión o conclusión. Generalmente soy una persona razonable, o me gusta pensar que lo soy. Al menos conmigo misma. Pero no esa noche.

Como de costumbre, el cambio de temperatura durante el día estaba haciendo crujir mis muebles, ¿o acaso era algo más? La verdad es que no podía probarlo. Como la adulta razonable que soy, me levanté de un salto y prendí la luz, mirando a mí alrededor para asegurarme de que no se tratara de algo indetectable ante la luz e imperceptible para mi visión a penas humana. Me reí de mi misma, prendí la tele para calmarme los nervios y me recosté sobre mi espalda, tratando de recordar la última vez que había tenido ese tipo de miedo.

Cuando era niña, no podía dormir porque no podía comprender ciertas cosas como de dónde venían los bebés. La historia de las abejitas y las florecitas no era suficiente para mí. ¿Por qué los humanos podían hacer más humanos? No tenía sentido. Sin embargo, los ruidos en la noche, el color azul del cielo y por qué la tele se apagaba sin tener qué tocarla directamente, eran preguntas para las cuáles conseguí respuesta. ¿Por qué estaba cuestionándome ahora si los crujidos de los muebles de verdad eran contracciones debidos a la temperatura? ¿Quién me dio la autoridad de negarle la posibilidad a un ser fantástico de otra dimensión? ¿La cordura? Bullshit.

Si continuamos creyendo todo lo que leemos y escuchamos sin ser capaces de cuestionarlo y analizarlo por nuestra cuenta, no habrá ninguna diferencia entre lo real y lo ficticio.

Estamos tan acostumbrados a creer todo lo que nos dicen, que perdemos nuestro propio criterio. Nos creemos que Pancho Villa era un absoluto héroe, mientras que Porfirio Díaz era un completo villano. Incluso ahora, habiendo leído otras versiones sobre la historia de México y sabiendo que todos los héroes nacionales eran en más bien villanos o antihéroes, el nombre “Porfirio” sigue provocándome el miedo subconsciente que sugerían los libros de la SEP y la manera en que alguna maestra impartía la clase de manera arbitraria cuando se refería a la historia porque así se lo exigía el gobierno en turno. Sé que es así porque hice una carrera en educación primaria y no me quedé ahí debido a ello.

Si continuamos creyendo todo lo que leemos y escuchamos sin ser capaces de cuestionarlo y analizarlo por nuestra cuenta, no habrá ninguna diferencia entre lo real y lo ficticio. Como las creencias populares de que los humanos tan sólo utilizamos el 17% de nuestra capacidad cerebral o que Einstein era malo en matemáticas. Si lo piensan, es ridículo. Estas y otras afirmaciones son tan ciertas como la historia de la chica que bailó con el diablo. De hecho, es menos cierto, pues los estudios pueden fácilmente desmentirlo. Pero nadie puede desmentir a todas las abuelitas mexicanas juntas. Los reto a que lo intenten, científicos.

Al final de día, me alegra estar entrando a mi vida adulta sin haber perdido la capacidad de dudar que los ruidos en la noche se tratan de algo inexplicable. Porque las mejores cosas de la vida son aquellas que no se pueden explicar. La vida misma, por ejemplo.

Impreso en: La Cronica de Hoy
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Me gusta la lluvia, el café y los clichés.

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