A penas logré conciliar el sueño, cuando un golpeteo agudo en mi cabeza me hizo parpadear. Esperé. De nuevo ese sonido tormentoso. Finalmente lo reconocà como el timbre del teléfono que se posaba en el buró junto a mi cama. ¿Quién de entre todas las personas, me pregunté, intentará despertarme a ésta hora, precisamente a mÃ? De alguna manera, conseguà cortar de golpe el hilo estrecho que un momento atrás sostenÃa mis más profundos sueños.
Aun debatiéndome entre la realidad y el cálido mundo de los dormidos, logré colocar la helada bocina en mi oÃdo y, con una voz ronca y lenta, respondÃ: “¿Diga?”
Pero todo lo que a cambio recibà fue una suave risita, tan callada que era casi un susurro, luego nada. Mi sueño se esfumó velozmente a través de una cortina de desconcierto, y no pude dormir más. Un sinfÃn de dudas invadÃa mi mente. Luego llegó la oscuridad.
El sol se posó tÃmidamente en el cielo, cuando desperté de la manera más frÃa que es posible recordar entre estas cuatro paredes, estas viejas y deterioradas paredes. Llevaba la misma ropa que la noche anterior. Qué noche tan terrible. Aun asechaban las sombras que en susurros me explicaban las razones para no pertenecer a este mundo. Finalmente las voces pararon en seco cuando decidà reaccionar.
Miré lentamente al reloj: 7:30 a.m. Seguramente el despertador se habÃa encargado de sacarme del estado hipnótico en el que la risita aquélla, que se repetÃa interminablemente en mi mente, me habÃa dejado. A tientas tomé mis gafas y las conduje hasta mi rostro, donde es su casi permanente lugar. Al instante la habitación se aclaró y pude salir de ella.
De pronto estaba metido en la ducha, cubierto de espuma con olor a alguna fruta excéntrica, no suelo prestar mucha atención. Cerré el paso del agua y vino el silencio, luego como un repentino calosfrÃo, la misma risita de la noche anterior subió por mi columna, hasta llegar a mi cabeza y erizarme todo el cuerpo. Me petrifiqué.
La risita se marchó sin avisar. Sigilosamente y casi huyendo, continué con mi rutina. El tan solo pensar en romperla me asustaba casi tanto como la risita chillona que comenzaba a angustiarme. Ya vestido, me dirigà a la cocina en busca de mi taza de café. No hay mejor compañÃa que una taza de café por la mañana. El único momento del dÃa en que una sonrisa natural conseguÃa brotar en mi rostro.
El primer sorbo me tomó por sorpresa, quemando mi lengua y provocando cosquillas en el resto de mi boca. ¡Ah! Qué delicia. El segundo sorbo ya era esperado, pero igualmente delicioso. Y justo antes de dar mi tercer y último sorbo, como si de la misma taza proviniera, aquella risita me golpeó en el rostro. Lo siguiente que escuché fue el sordo sonido de mi taza de porcelana abofeteando el suelo y estallando en mil pedazos. Tardé un momento en darme cuenta de lo sucedido y, cuando lo hice, tomé una decisión.
Decidà que esa maldita risita burlona que habÃa decidido atormentarme precisamente a mÃ, no volverÃa a tomarme por sorpresa. Yo estarÃa preparado.
Aun temblando, un tanto por la furia y otro tanto por el miedo, salà de mi departamento y me subà a un taxi. Decidà mantener mi mente en estado de alerta. Presté atención a todos los detalles a mà alrededor, consideré cada uno de mis actos antes de realizarlos y revisé dos veces mi lista de cosas por hacer. Estaba preparado para cualquier cosa. De pronto escuche un pequeño susurro lejano que no lograba identificar, era algún balbuceo demasiado grave para ser la misma voz de la cual provenÃa la risita. Intenté prestar un poco de atención mientras la desesperación me aturdÃa.
“¡Señor!” Me exaltó un grito. Era tan solo el viejo taxista, informándome que habÃamos llegado. Estaba tan ocupado pensando en cosas de mayor importancia, que no alcancé a distinguir su voz entre mis pensamientos. Un poco apenado, saqué mi cartera de mi saco y le pague la cuota. No dijimos nada más.
Pensé por un instante en el taxista. SerÃa probablemente, me dije, la única vez que lo verÃa. Al igual que a tantas otras personas que se topan con nuestro estrecho camino una vez para luego desaparecer. Por qué entonces, pensé, no puede ser asà con la molesta vocecilla fantasma que ha decidido atormentarme precisamente a mÃ. Luego seguà concentrado en cada rincón, cada persona y cada movimiento, hasta llegar a mi oficina.
No tuve tiempo de saludar a nadie por miedo a descuidarme de nuevo. Me encargue de acomodar todo en su lugar, verifiqué hasta el último detalle y pedà a mi secretaria que no me pasara una sola llamada. A ver quién rÃe ahora, pensé.
Cayó la noche y yo seguÃa en estado de alerta. Regresé a casa, aún cuidando cada detalle y sin desvestirme o prepararme, me fui directo a la cama, esperando ansioso a la llegada de aquella molesta risita. Nada.
Como suele hacerlo, la luz del siguiente dÃa llegó y yo, temeroso de romper mi rutina, me metà en la ducha como usualmente suelo hacer, excepto que esta vez tenÃa mis cinco sentidos agudizados.
Los dÃas pasaban y las noches caÃan, y aquella risita no se habÃa dignado a aparecer. Me decidà a olvidarla. No lo logré.
Me encerré en un mundo donde solo yo existÃa, yo y esa risita, esa molesta risita que de entre tantas personas habÃa decidido molestarme precisamente a mÃ. Un mundo donde cada cosa que se movÃa a mà alrededor, cada segundo que corrÃa y cada paso que daba se relacionaba constantemente con esa risita. El aire que respiraba. No pasaba un momento sin que en mi mente existiera esa risita, no podÃa deshacerme de ella. Pero no estaba. Entonces me di cuenta. Esa repulsiva risita no estaba conmigo, no me asechaba. Era yo quien la habÃa hecho vivir dentro de mÃ, sumergirse por mis poros y adherirse a mi piel.
Y era frustración el no tenerla y no sentirla. Y recordé los momentos en que fue real, momentos que casi puedo escuchar, ver y sentir esas chispas correr a través de mi columna y erizarme el cuerpo. Descubrà que en cierta forma la extrañaba. Luego dejé de aborrecerla para comenzar a desearla. QuerÃa escucharla, tenerla conmigo y no dejarla ir. Dejar de vivir en la duda y el suspenso. QuerÃa poseerla, y asà no tener que esperar cada segundo para comprobarme a mà mismo que era real.
Pero definitivamente no querÃa olvidarla. Disfruto mi rutina, la sensación de poder al controlar lo que pasa es mi éxtasis. Y entonces aquella vocecita era parte de mi rutina, la parte que no podÃa controlar y me desquiciaba.
Me convencà a mi mismo de que en realidad sà tenÃa el control. Yo decidÃa cuando escuchar la risita, porque la tenÃa controlada en mi desquiciada cabeza por siempre.
Esa noche sonó el teléfono, yo decidà no responder. El último timbre sonó, luego el silencio inundó la habitación y aturdió mis oÃdos. De mi boca salió una suave risita, tan callada que era casi un susurro. Una risita que de entre tantas personas habÃa decidido atormentarme, precisamente a mÃ.
Aun debatiéndome entre la realidad y el cálido mundo de los dormidos, logré colocar la helada bocina en mi oÃdo y, con una voz ronca y lenta, respondÃ: “¿Diga?”
Pero todo lo que a cambio recibà fue una suave risita, tan callada que era casi un susurro, luego nada. Mi sueño se esfumó velozmente a través de una cortina de desconcierto, y no pude dormir más. Un sinfÃn de dudas invadÃa mi mente. Luego llegó la oscuridad.
El sol se posó tÃmidamente en el cielo, cuando desperté de la manera más frÃa que es posible recordar entre estas cuatro paredes, estas viejas y deterioradas paredes. Llevaba la misma ropa que la noche anterior. Qué noche tan terrible. Aun asechaban las sombras que en susurros me explicaban las razones para no pertenecer a este mundo. Finalmente las voces pararon en seco cuando decidà reaccionar.
Miré lentamente al reloj: 7:30 a.m. Seguramente el despertador se habÃa encargado de sacarme del estado hipnótico en el que la risita aquélla, que se repetÃa interminablemente en mi mente, me habÃa dejado. A tientas tomé mis gafas y las conduje hasta mi rostro, donde es su casi permanente lugar. Al instante la habitación se aclaró y pude salir de ella.
De pronto estaba metido en la ducha, cubierto de espuma con olor a alguna fruta excéntrica, no suelo prestar mucha atención. Cerré el paso del agua y vino el silencio, luego como un repentino calosfrÃo, la misma risita de la noche anterior subió por mi columna, hasta llegar a mi cabeza y erizarme todo el cuerpo. Me petrifiqué.
La risita se marchó sin avisar. Sigilosamente y casi huyendo, continué con mi rutina. El tan solo pensar en romperla me asustaba casi tanto como la risita chillona que comenzaba a angustiarme. Ya vestido, me dirigà a la cocina en busca de mi taza de café. No hay mejor compañÃa que una taza de café por la mañana. El único momento del dÃa en que una sonrisa natural conseguÃa brotar en mi rostro.
El primer sorbo me tomó por sorpresa, quemando mi lengua y provocando cosquillas en el resto de mi boca. ¡Ah! Qué delicia. El segundo sorbo ya era esperado, pero igualmente delicioso. Y justo antes de dar mi tercer y último sorbo, como si de la misma taza proviniera, aquella risita me golpeó en el rostro. Lo siguiente que escuché fue el sordo sonido de mi taza de porcelana abofeteando el suelo y estallando en mil pedazos. Tardé un momento en darme cuenta de lo sucedido y, cuando lo hice, tomé una decisión.
Decidà que esa maldita risita burlona que habÃa decidido atormentarme precisamente a mÃ, no volverÃa a tomarme por sorpresa. Yo estarÃa preparado.
Aun temblando, un tanto por la furia y otro tanto por el miedo, salà de mi departamento y me subà a un taxi. Decidà mantener mi mente en estado de alerta. Presté atención a todos los detalles a mà alrededor, consideré cada uno de mis actos antes de realizarlos y revisé dos veces mi lista de cosas por hacer. Estaba preparado para cualquier cosa. De pronto escuche un pequeño susurro lejano que no lograba identificar, era algún balbuceo demasiado grave para ser la misma voz de la cual provenÃa la risita. Intenté prestar un poco de atención mientras la desesperación me aturdÃa.
“¡Señor!” Me exaltó un grito. Era tan solo el viejo taxista, informándome que habÃamos llegado. Estaba tan ocupado pensando en cosas de mayor importancia, que no alcancé a distinguir su voz entre mis pensamientos. Un poco apenado, saqué mi cartera de mi saco y le pague la cuota. No dijimos nada más.
Pensé por un instante en el taxista. SerÃa probablemente, me dije, la única vez que lo verÃa. Al igual que a tantas otras personas que se topan con nuestro estrecho camino una vez para luego desaparecer. Por qué entonces, pensé, no puede ser asà con la molesta vocecilla fantasma que ha decidido atormentarme precisamente a mÃ. Luego seguà concentrado en cada rincón, cada persona y cada movimiento, hasta llegar a mi oficina.
No tuve tiempo de saludar a nadie por miedo a descuidarme de nuevo. Me encargue de acomodar todo en su lugar, verifiqué hasta el último detalle y pedà a mi secretaria que no me pasara una sola llamada. A ver quién rÃe ahora, pensé.
Cayó la noche y yo seguÃa en estado de alerta. Regresé a casa, aún cuidando cada detalle y sin desvestirme o prepararme, me fui directo a la cama, esperando ansioso a la llegada de aquella molesta risita. Nada.
Como suele hacerlo, la luz del siguiente dÃa llegó y yo, temeroso de romper mi rutina, me metà en la ducha como usualmente suelo hacer, excepto que esta vez tenÃa mis cinco sentidos agudizados.
Los dÃas pasaban y las noches caÃan, y aquella risita no se habÃa dignado a aparecer. Me decidà a olvidarla. No lo logré.
Me encerré en un mundo donde solo yo existÃa, yo y esa risita, esa molesta risita que de entre tantas personas habÃa decidido molestarme precisamente a mÃ. Un mundo donde cada cosa que se movÃa a mà alrededor, cada segundo que corrÃa y cada paso que daba se relacionaba constantemente con esa risita. El aire que respiraba. No pasaba un momento sin que en mi mente existiera esa risita, no podÃa deshacerme de ella. Pero no estaba. Entonces me di cuenta. Esa repulsiva risita no estaba conmigo, no me asechaba. Era yo quien la habÃa hecho vivir dentro de mÃ, sumergirse por mis poros y adherirse a mi piel.
Y era frustración el no tenerla y no sentirla. Y recordé los momentos en que fue real, momentos que casi puedo escuchar, ver y sentir esas chispas correr a través de mi columna y erizarme el cuerpo. Descubrà que en cierta forma la extrañaba. Luego dejé de aborrecerla para comenzar a desearla. QuerÃa escucharla, tenerla conmigo y no dejarla ir. Dejar de vivir en la duda y el suspenso. QuerÃa poseerla, y asà no tener que esperar cada segundo para comprobarme a mà mismo que era real.
Pero definitivamente no querÃa olvidarla. Disfruto mi rutina, la sensación de poder al controlar lo que pasa es mi éxtasis. Y entonces aquella vocecita era parte de mi rutina, la parte que no podÃa controlar y me desquiciaba.
Me convencà a mi mismo de que en realidad sà tenÃa el control. Yo decidÃa cuando escuchar la risita, porque la tenÃa controlada en mi desquiciada cabeza por siempre.
Esa noche sonó el teléfono, yo decidà no responder. El último timbre sonó, luego el silencio inundó la habitación y aturdió mis oÃdos. De mi boca salió una suave risita, tan callada que era casi un susurro. Una risita que de entre tantas personas habÃa decidido atormentarme, precisamente a mÃ.