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Fabyio

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Y regreso en el tiempo, desechando los marcadores que fui dejando entre páginas y páginas de libros viejos y olvidados. Arrojando al fuego los recuerdos. Quemándome con ellos y disfrutando del dulce aroma a café negro que ahora provenía de la casa de al lado. Ese aroma a café con tabaco. Y entonces, tu recuerdo. Plasmado cual mosca en la pared de la estancia, mirándome fijamente como si el mundo se fuera a acabar mañana. Y así era. Y te maldije al maldecirme. Murió la noche y con ella tú y contigo yo y conmigo todo.
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Todo comenzó la semana pasada. "Sé que a ti no te da pena nada, Faby. Por favor". Me ahorré el insulto implícito y me metí en la farmacia a comprar la pastilla del día siguiente para mi amiga. Por pura inercia, me dirigí a la sección de revistas a hacerme pato. "¿Le puedo ayudar en algo?", dijo la encargada con tono de que preferiría estar atada a las vías del tren que en ese lugar. "Sólo estoy viendo, gracias", respondí antes de que ella me hiciera un gesto que me reconrdó que no se va a "ver" a una farmacia. "¿Qué Juan Gabriel se va a casar con un hombre?" mencioné, basándome en una TVyNotas que estaba en el mostrador, y haciéndome merecedora del premio al comentario más estúpido de todos los tiempos.

La encargada me vió raro, y pensé en salir corriendo. "¿En serio?" dijo y me pidió la revista. Se la di y supe que era el momento. No importaba, ni si quiera era para mí. Así que lo solté casi como si fuera una sola palabra: "¿tienepastillasdeldíasiguiente?".

Su expresión cambió automáticamente. Una mirada morbosa se posó justo en sus ojos y se dirigió hacia la parte de atrás. A mí nomás me sudaban las manos y mi paranoia me decía al oido que probablemente ella conocía a mis papás y les haría una llamada, mi papá entraría en pánico, me echaría de la casa, se separaría de mi mamá y todos terminaríamos miserables, pobres y hambrientos. Pero ella sólo regresó con un paquete en la mano y me dió rápido las instrucciones. Me miró como esperando a que yo le contara algo más. Sonreí y caminé hacia la puerta. Feliz de que el tormento terminara. Hasta que gritó: "¡Oye!". Y sentí cómo el payaso me cargaba entre sus brazos. "Son 150 pesos".

Pasada la vergüenza, llegué a la casa de mi amiga y subí a su recámara. Le conté y reimos tanto que quedó en el olvido.

Hoy pasé por la farmacia, y como si a alguien más se lo hubiera ocurrido, en lugar de a mi mente retorcida, me metí. La chava me miró un instante y me sonrió como queriendo decir "yo te recuerdo, eres la pendeja que cogió sin cuidarse". Le regresé una sonrisa finjida.

Recorrí el lugar con cara de preocupación, nerviosa, de nuevo. Al final me atreví y lo dije. "¿Tienes pruebas de embarazo?" Y mi expresión merecia un Oscar.
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Me gusta la lluvia, el café y los clichés.

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