Carbonel.

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A veces la vida te regala un suspiro, de la nada. Una noche que luce más oscura de lo normal. Estando en el auto, suspendida entre un recuerdo y la luz roja del semáforo. Calle Carbonel, lees. Y adoptas esa palabra para nombrar lo que estás sintiendo. Y escuchas Barrilete en la distancia, en el estéreo del auto. La vida te abraza fuerte, te susurra lo inevitable y te sorprende acuchillándote por la espalda, pero no te deja morir.

Pero de desamor ya todos hablamos. Hablemos ahora, entonces, de palabras. Las que se quedan, se aferran a las entrañas, se endurecen como piedra y se convierten en una carga pesada que crece con el tiempo. Por ello prefiero dejarlas salir, así tenga que vomitarlas. De esa forma escribí algo un día, para alguien a quien quise y a quien quiero, pero no es real:

"Ya habíamos hablado sobre las cosas claras. Así que ahora esta es la historia que tengo para contarte:

Llevo mi niña interior por fuera. Y ella es muy vulnerable. Todavía llora con películas, libros y canciones. Sonríe con las flores. Quiere a sus amigos. Se moja con la lluvia. Comienza a descubrir que la lluvia no es lo único que moja. No sabe distinguir entre fantasía y realidad. Y es suficientemente ingenua como para poder enamorarse. Eso es ella. Eso soy yo. Y yo, entre toda esa vulnerabilidad, te quise diferente. Ese sentimiento cayó de pronto y sin previo aviso. Como el caos. Como la muerte. Como tú. Y dentro de esa niña que está afuera, está mi mente que me dice que estoy loca. Pero ¿qué es la vida sin locuras? Locura es todo lo que eres. Es el color que llevas por dentro. El color que me gusta. Tú. Con todo y tu dormir sobre mí, allá en tu teclado, mientras yo imagino que te arropo, beso tu frente y apago la luz. Con todo y tu corazón roto que me duele también a mí. Con todo lo que eres. Pero no te quiero todo para mí. Ni te quiero siempre conmigo. Te quiero. Y ya. Quiero que tú quieras también. No precisamente a mí o estar conmigo. Pero que quieras. El cliché inevitable de desear que estés feliz. Y mi puta manía de pedir perdón por quererte: Perdón. Nadie me enseñó a hacer esto. Así que lo improvicé.

Entonces, esto es mi corazón. No temas a romperlo. Roto ya está. Y sé que dos corazones rotos no hacen uno entero. Pero pueden sanar juntos, me dijo mi abuela un día. No dudes en regresarlo si no le encuentras ningún uso. Aunque es bueno para detener libros, lo sé porque es el único uso que le daba últimamente.

Temblando como idiota, temerosa y con recuerdos tormentosos de situaciones similares y fallidas del pasado, me despido."
La respuesta, en resumen, fue la misma que esperaba. Los ojos de Medusa, convirtiéndome en piedra eternamente. Hasta que la muerte te separe.

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