Ser prudente no es una buena idea cuando se intenta salir de la realidad. Permitir que esa mascara de cordura caiga despacio, para en un segundo ser pedazos yacentes sobre sus pies descalzos, es la decisión más sabia que un pedazo de nada puede tomar, para comenzar a ser algo. ¿Por qué el hostigar a los pequeños roedores? ¿Para qué el martirio de los estúpidos seres que han decidido quedarse en la tierra en que quien domina, también destruye? No somos más que un cÃrculo vicioso. O el vicio de una falsa idea que gira en torno a nada.
Cuando el cuerpo actúa ya por sà solo, inútil, abandonado, como las agujetas desatadas de algún zapato viejo, es momento de caer por completo, para ponerse en pie después.
El otro dÃa cometà el error de pensar en él. Y lentamente un espasmo de calor ardiente rodó por mis mejillas, con tanta prisa que no pudo bridarme el segundo necesario para disimular una lágrima. La segunda ya habÃa caÃdo. Era como una hemorragia, imposible de parar. Pero no hay cura para una herida en que la incolora sangre derramada lleve consigo el salado sabor de la desdicha. Esa desdicha inútil, adherida a mi carne y a mi alma. Siento que lentamente se ha ido apoderando de mi ser.
Desde el dÃa en que me fui de su lado, un pequeño susurro punzante, imposible de comprender, ha decidido posarse firmemente en el delgado hilo de lana negra que mi vida sostiene, mientras las tres hijas de Nix rÃen a carcajadas.
Cuando el cuerpo actúa ya por sà solo, inútil, abandonado, como las agujetas desatadas de algún zapato viejo, es momento de caer por completo, para ponerse en pie después.
El otro dÃa cometà el error de pensar en él. Y lentamente un espasmo de calor ardiente rodó por mis mejillas, con tanta prisa que no pudo bridarme el segundo necesario para disimular una lágrima. La segunda ya habÃa caÃdo. Era como una hemorragia, imposible de parar. Pero no hay cura para una herida en que la incolora sangre derramada lleve consigo el salado sabor de la desdicha. Esa desdicha inútil, adherida a mi carne y a mi alma. Siento que lentamente se ha ido apoderando de mi ser.
Desde el dÃa en que me fui de su lado, un pequeño susurro punzante, imposible de comprender, ha decidido posarse firmemente en el delgado hilo de lana negra que mi vida sostiene, mientras las tres hijas de Nix rÃen a carcajadas.